Amores extraños (2)

Mayo 31, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

La obra tiene como fondo la mayor pasión de Luicé Campocé, como es el Adagio de Albinoni, que en honor a Laura he traído para compartir con ustedes, mientras me permito leer unos párrafos estelares del cuento, como es el cumplimiento de la cita telefónica, en el gate 27, sección G, del aeropuerto de Miami, con la chica con quien hace cuarenta años –siendo ambos estudiantes– tuvo una aventura a través del Nilo y en la ciudad eterna:"Con andar grácil y resuelto, la mujer avanzó hasta la entrada de la sala y allí se detuvo, de tal manera que él pudo observarla a sus anchas mientras él oteaba alrededor, como buscando a alguien. Era joven y ciertamente hermosa, y poseía unos rasgos exóticos pero de alguna manera familiares que surtieron en Luicé un efecto hipnótico. Hubiera querido seguir así, contemplándola sin ser visto, pero ella posó en él sus ojos, ocasionándole una sorpresa que se volvió turbación cuando notó que la joven le sonreía y empezaba a caminar hacia donde se encontraba. Mientras ella atravesaba los veinte metros que los separaban, siempre mirándolo y sin ocultar la sonrisa, él se fijó en el vuelo ondulante de su vestido amplio y blanco; cuando faltaban cinco metros vio los destellos de sus ojos amarillos; a los cuatro metros se estremeció al caer en cuenta de que el gran moño de seda que llevaba atado a la cabeza era color lila; faltando dos metros fue fulminado por una relación aterradora: esa mujer era Eloisa. En pocos segundos –los que tardó ella en caminar los últimos dos metros- él rescató del pantanoso laberinto de su memoria la secuencia de imágenes de la travesía por el Nilo… Y en medio de todo aquello ella resplandecía, exactamente igual a como la tenía ahora, cuarenta años después, aquí parada a su lado en el aeropuerto internacional de Miami… Nunca jamás había estado tan desamparado como en ese instante, sintiéndose único habitante del inclemente país del tiempo, víctima solitaria y selecta del correr de los días y las horas, que lo había molido con sus dientes minúsculos.”Allí alcanza el clímax la noveleta. Pero no era Eloisa a quien él veía. Era su hija. Con la noticia de que mamá viene retrasada. Luicé se parece a todos los seductores que no queremos parecernos a nadie. En mi caso, hubiera preferido que se decidiera por arrastrarle el ala a la jovencita, en vez de quedarse esperando a su antiguo amor, con quien se resignará a un trémulo episodio de desencanto. La vieja llega con la cantaleta de que su tardanza obedeció a que le pintaron el pelo de un rojo más que subido y un amén de cháchara. Ello, más la contemplación de un físico inferior al de sus recuerdos, le conduce a la más sabia reflexión de la historia: “Tanto riesgo y tanto viaje para venir a encontrarme con una señora igualita a la que dejé en casa”.En una entrevista que me hicieron a propósito de Olor a rosas invisibles, le confié off the record al reportero que desde que conocí a Laura en El Automático la vengo persiguiendo con los ojos pero ella ni cuenta se ha dado. Y el irresponsable lo publicó. Ahora, no sé si presentarle a Laura mis disculpas, o seguir entucando. En caso de que me permitiera lo segundo, yo diría, aprovechando que mi esposa acaba de abandonar la sala, que daría la mitad del oro del mundo por despertar un día y contemplar el libro que de ella esté leyendo, sobre su mesa de noche. Pero creo que la propuesta es improcedente, ahora que ella es dueña de la otra mitad.Es una broma, le aclaro al distinguido esposo de Laura, presente entre nosotros. Nadie ofrenda lo que no tiene y menos a quien no lo requiere. Permítame tan siquiera que le obsequie la canción de la no menos bella Laura Pausini, que se llama precisamente Amores extraños.

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