Amores extraños (1)

Amores extraños (1)

Mayo 24, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

He tenido en la vida amores extraños, tan extraños que para poder olvidarlos los he dejado consignados en algún poema. Pero el más extraño de todos voy a contárselos.Era una señora bastante linda, profesora de literatura en una universidad, quien cada vez que llegaba inflamado de amor a acompañarla en la cama, me salía con una disculpa distinta de la manida de la regla, el dolor de cabeza, jaqueca o migraña, el cansancio o el sueño. No. Ella me decía que estaba ocupada leyendo a Laura Restrepo. Y que después de leerla tenía que hacer un resumen para la clase del día siguiente, en lo que tenía que ayudarla. Que me estuviera quieto, y que ella me leería en voz alta.Lo que ella no sabía era que yo siempre había estado enamorado de Laura Restrepo, tanto de su belleza física como de su valentía intelectual y su pluma de novelista. De modo que mediante este trabajo accedía a estar con las dos.En semejante compañía me adentré con la reportera en la búsqueda del ángel aparecido en la barriada en Dulce compañía; compartí con los obreros de la Tropical Oil Company su paseo mensual a la ciudad de las putas donde oficiaba esa niña oscura y hambrienta llamada Sayonara, en La novia oscura; me sumé a la pandilla de náufragos y a su guerra de los nueve años en La isla de la pasión; y viví los tormentos del hombre que al regresar a casa luego de tres días de ausencia, en vez de su mujer encuentra a una loca, en Delirio.Pues bien, debo confesar que gocé más con Laura que con mi novia en esas sesiones. Hoy ya no sé qué fue de la profesora después de varios años de suspender las lecturas en todas las posiciones que estas requerían para no hacerse fatigosas, pero esta tarde estoy cómodamente sentado al lado de Laura, para compartir la aparición de su último libro, que este si leí yo solito, y me hizo enamorar aún más de ella, Olor de rosas invisibles: la cursi historia amorosa de Luicé Campocé, porque son cursis todas las historias de amor que no terminan en tragedias, por lo menos en la literatura.Al decir esto de la historia, para nada me refiero con el mismo calificativo a la obra, que es un prodigio de gracia y refinamiento, y que se supone narrada al acompasado ritmo del Adagio de Albinoni, por uno de los compinches del triunfante hombre de negocios y ejemplar caballero Luicé, uno de sus vaciados contertulios en el café Automático, donde tantos nos iniciamos en las primeras letras y el alcohol. Y nos codeamos con personajes de la talla de los desaparecidos León de Greiff y de Germán Espinosa, de Augusto Rivera y Mardoqueo Montaña.El Automático ha sido siempre una zona de tolerancia poética, y de allí han salido escritores, poetas, pintores y músicos, tan borrachos para sus casas como gloriosos hacia la inmortalidad.No digamos que es cursi este episodio amoroso del que Laura saca todo el partido posible para mostrarnos a los hombres –y a las mujeres– ansiosos del regodeo con las peripecias de la juventud, en una ingenuidad que despierta risa. Si no en lo físico -pues no son ya tan deplorables existiendo el Viagra-, pero si en lo galante que va deviniendo patético. Sabemos que Gabo supo llevar el amor otoñal a la cumbre con El amor en los tiempos del cólera, pero fue aún más allá en su Memoria de mis putas tristes, donde el anciano protagonista clava por lo menos sus ojos en sardinas desnudas. Laura se monta en el tema del amor otoñal, burla burlando, para mostrar el desvirole de ciertos donjuanes más enamorados de su pasado que de sus pasados amores. Pero también es cruel con la heroína, a quien pinta más interesada en el pelo que en el parejo. En ese sentido, es una obra maestra de la picaresca carnal y contemporánea. Con ambiente de oficina, de peluquería y campo de golf.

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