Amadas que se dejan

Amadas que se dejan

Noviembre 16, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Suelen los hombres abandonar a las mujeres que los aman por aquellas que los encoñan. O solían, en aquellos tiempos en que el ardor de las pasiones semejaba los incendios forestales. Hablo desde la invención del amor como componente del acto lúbrico hasta culminar en la bella época de los trópicos millerianos y del oscuro objeto del deseo cinematográfico. Ahora suele imperar el convenio del aguante, o los imperativos de la modernidad, que no sólo acabó con el culto del virgo sino con la fidelidad registrada. ¿Por qué voy a abandonar a mi organizada pareja, se dice, por otra mujer que pasa con mejor caminado, si a ambas puedo caminarles y asunto arreglado? Por entonces era difícil, porque la combustión exigía tiempo completo y dedicación absoluta. Este tipo de amor creaba más adicción que ahora el clorhidrato de cocaína. El hombre atrapado pensaba que estaba ejerciendo su libertad, así al mismo tiempo eligiera la perdición. Se iba tras la cola de la percanta, que amén de complacerlo hasta el éxtasis sobrenatural abriendo y cerrando sus bocas, se burlaba con inclemencia del adorador rendido a sus plantas, a quien sonsacaba sus buenos morlacos mientras hacía morder la lona con infidelidades continuadas que le hacían trizas el amor propio. La mujer que lo amaba, en el entretanto, tomaba el camino del llanto o de la casa de la mamá, a veces esperando la redención de su ángel caído, en ocasiones tratando –desengañada de los hombres– de encontrar su cura vistiendo santos. Si vuelve, pensaba, dejaría de sacudirle con fuerza la caspa de las hombreras, de insistirle con el cepillo, de regañarlo por sus pesados amigotes, de esconderle la copa, de celarlo hasta con la almohada, de negarle esos favores que le parecían excesivos. Se sentía muy hombre el hombre con este cambio de hembra. Y mientras más sufría con los desplantes de quien se paseaba por su corazón con tacón puntilla, más gozaba con las migajas que le permitían disfrutar en los entreactos. La bebida entraba en escena. El hombre extraviaba la compostura, la ropa comenzaba a adquirir el brillo que él perdía. No se dejaba ver casi de los amigos. En relámpagos de lucidez se acordaba de aquella que lo amaba con una devoción rayana en la tontería, pero ni siquiera se preguntaba qué estaría haciendo. Por grande que fuera la fortuna la iba dilapidando beso tras beso. Hasta terminar convertido en guiñapo, que era el momento en que la amante acicalada le cerraba piernas y puertas. Algunos acudían al suicidio, para cerrar con broche de luto su miserable aventura. Otros alcanzaban a pensar si aquella que tanto insistía en amarlos todavía estaría esperándolos. Y tomaban el camino de vuelta hacia la casa de la suegra, donde recibían la noticia de que –cansada de esperar pero sin dejar de quererlos– la abnegada esposa se había enmozado con el boticario. Pero como hasta para los peores pecadores fue hecha la bienaventuranza, no pocos encontraban a quien los amaba con los brazos abiertos y una sonrisa lacrimógena, dispuesta a volver a empezar el calvario de sus relaciones. No estoy muy seguro de que en los tiempos actuales no sucedan estas novelas.Lo que tengo claro es que se necesita ser valiente para dejar atrás a quien a uno lo ama por unos labios inciertos. Pero siempre recuerdo a Wilde: “Porque todo hombre mata lo que más ama. El cobarde, con un beso. El valiente, con una espada”. Y qué más espada que una escapada.

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