Alá contra las mujeres

Marzo 15, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

“A una mujer no se le pega ni con el pétalo de una rosa”, fue una frase equívoca afortunada de un florista del renacimiento español, preocupado de que sus preciosas rosáceas no terminaran desfloripadas. Por eso también se abstuvo de complementar que lo hiciesen con las espinas. El dichoso dicho continuó inculcándose desde las escuelas de párvulos y para algo ha servido.Porque pobres de las mujeres en lo que han tenido que afrontar del comportamiento del macho, desde las cavernas cuando de un porrazo las conquistaban, en la época de las cruzadas al quedar impedidas de cruzar las piernas por los cinturones de castidad que les imponían sus maridos de corazón leonado; en plena inquisición cuando las quemaban por brujas entregadas a Satanás; y en calendas modernas por la influencia de la cinematografía mexicana, que impulsaba a que los amantes latinos se ejercitaran más con las extremidades superiores que con la mejor parte del tronco. Finalmente las mujeres se unieron para defenderse: no sólo para no dejarse pegar, sino para ser más capaces, más fuertes y “las más grandes”. Las brigadas feministas se han impuesto en todos los frentes. Menos en los países islámicos donde continúan doblegadas, por lo que solía lamentarse Orianna Fallacci. Las emancipadas occidentales, ahora, en cambio, reciben el castigo de las presidencias de sus países. Porque sólo Alá es el más grande.Un inolvidable personaje de los años 60, que brillaba con sus puños de oro en el cuadrilátero, Cassius Clay, se convirtió en predicador del Islam y confrontador de la Guerra del Vietnam bajo el nombre de Mohamed Alí. Nunca tocó a su esposa más allá de lo consabido, como otros pugilistas famosos. Alí se hacía llamar “el más grande”. Pero Alá es el más grande. Terminó con el mal de Parkinson.En un reciente programa de un canal de televisión de Kuwaitt, similar a muchos del mundo, un clérigo saudí, el doctor Muhammad Al-Arifi, impartía consejos a unos jóvenes acerca de cómo tratar a sus féminas. Les explicaba lo que debían hacer con ellas si se presentaban problemas: “Amonéstenlas, una, dos, tres, hasta diez veces. Si esto no funciona, rehúsense a compartir la cama con ellas. Si esto tampoco funciona, péguenles”. Aconsejaba -eso sí, cosa suya-, y con una clemencia que se le abona, no golpear la cara, sino sólo sitios donde no queden visibles marcas. Que para muchos cristianos son más preciosos que la cara. Lo que no sabe el mundo -o por lo menos los legos occidentales a quienes escandalizó el reverendo-, es que esa enseñanza no es del caletre del nuevo Mahoma, pues está consignada en mi ejemplar de Al Corán, que cargo desde 1960, cuando también quise volverme mahometano, no chiíta ni sunnita sino sufí. La azora 4, aleya 38, correspondiente a Consejos a los creyentes, reza: “A aquellas de quienes temáis la desobediencia, amonestadlas, confinadlas en sus habitaciones, golpeadlas”. Y el Corán es el Libro del Cielo, la revelación de Alá a Mahoma a través del ángel Gabriel. Allí la sentencia está inscrita y no es tan condescendiente como la del profesor Al-Arifi. Quien, en su devoción y respeto por la palabra divina, por nada del mundo leería Los Versos Satánicos de Salman Rushdie, Memoria de mis putas tristes de Gabo, y mucho menos estos pensamientos que versiculo.Ya las feministas triunfaron en Occidente, en lo que según dijo Buffalino constituye el único caso de rebelión en la historia de los amos contra sus esclavos. Si no quieren que sus amorosos prospectos occidentales se aferren al Islam para contar con la bendición del Magnánimo en ese tratamiento desconsiderado que no sólo perdura sino que copa las páginas de la prensa, pidan, por lo menos, que el Corán sea abolido de las bibliotecas y las librerías. O que, con la autorización del ángel Gabriel, le sea suprimida esa azora tan azarosa.

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