Ajuste de cuentas

Ajuste de cuentas

Julio 26, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando empezamos nuestro tropel éramos enemigos de todo, de la tradición, de las buenas costumbres, de la Academia de la Lengua, de los profesores, de la Iglesia y sus sacerdotes, de la literatura que nos habían heredado, del imperialismo yanqui, del fascismo en todas sus faces, del Establecimiento en pleno, de los partidos políticos convencionales, no se salvaba ni la familia, con lo tolerantes que eran la mayoría con nosotros, a quienes nos miraban como infelices inadaptados.De la ceca a la meca éramos la ñeca. Nadie daba por nosotros un pandebono. Nos presentábamos como una horda de poetas pero no éramos más que una parranda de vagos. Se nos suponía un producto de la violencia y por ende había que aguantarnos, con todo y nuestro terrorismo verbal. Pues para ello contábamos con un arsenal a filo de lengua. El líder del Nadaísmo declaró que todo este mierdero había comenzado a fraguarse en su mente con la muerte de Gaitán.Aparte de las instituciones había que granjearnos enemigos de carne y hueso, que no tardaron, entre poetas retardatarios y hasta contemporáneos vanguardistas de diferente visaje, todoístas, algoístas, muchoístas, hijoputistas, filósofos germanizantes, rectores magnificados, políticos de tendencias dispares, francotiradores al aire, agentes e inspectores de policía y no pocos enterradores. Todos a una contra nuestra ovejuna pelambre. Resistimos sin una baja. En cambio todos ellos fueron cayendo redondos. Algunos se reconciliaron a tiempo, los demás se fueron al hoyo porque ninguno disfrutó de esa eternidad roñosa que nos concedieron nuestros maestros perfectos. El nadaísmo es una cosa eterna que apenas está bordeando la sesentena.De todos los enemigos que tuvimos y cultivamos a la par con nuestra mala reputación que para sobrevivir ha servido, en estas vísperas de la paz nacional tan sólo nos queda uno, contra los poetas en general, el nadaísmo en particular y muy en especial contra mi angelical persona. Con el doloroso agravante de que durante largos años de juvenil bohemia fuera mi amigo. De pronto se le emponzoñó el aguijón. Se rebotó contra quienes algún reconocimiento iban recibiendo. Comenzó a tejer insidias y a publicarlas en las redes. A emporcar con seudónimos todo lo que publicábamos en los medios. A hacer amenazas directas a damas escritoras y cebarse con sus malos momentos. Todo porque no fue tomado en cuenta en el registro de los aedos. A pesar de que en su crítica me minimiza y pulveriza, mis cinco premios de poesía, contado el más abultado de Venezuela y el Vida y obra de la Universidad de Zacatecas de México, lo pusieron de catre. Y ahora mi presentación en la China que era su feudo y mi triunfo con el poema Después de la guerra, parecen haberle afectado el páncreas. Y está pasando las duras y las maduras en una clínica.A estas alturas de la vida no estoy para tener enemigos y menos para alegrarme de su desgracia. Creo que ya luché y agredí lo que me dieron las fuerzas y las que me restan son para la paz y el amor. Eduardo García Aguilar escribió sobre mi reciente paso por París una hermosa nota que termina así: “Ya es hora de que Jotamario y Fernando Vallejo hagan la paz porque en fin de cuentas el novelista antioqueño es otro de los últimos nadaístas, aunque él no quiera reconocerlo. A ellos debería unirse el notable poeta y ensayista Hárold Alvarado Tenorio. Si ese encuentro se diera algún día, el nadaísmo habría logrado por fin la paz más difícil de lograr: la paz entre poetas y escritores que se odian”. Querido Hárold, espero de corazón que te restablezcas, te ofrezco mi mano. Y si te empeñas en partir, tacha mi enemistad de tu libro de pérdidas y ganancias.

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