Aino y Väinämöinen

Aino y Väinämöinen

Octubre 02, 2017 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Väinämöinen arrastraba su larga barba por los boscajes prevalido de su gallarda voz para el canto y su sagacidad versificadora, prestigio que llegó desde su casa de Vainola hasta la remota Pohola, en Finlandia, donde vivía la familia de la muy bella y delicada Aino, maravilla del extremo del mundo. Su engreído hermano Joukahainen se allegó hasta la morada del viejo rapsoda a retarlo al canto. Pasaron días y días en el torneo de largo aliento y el joven cayó rendido ante la voz poderosa unida a la magia del rey del boscaje, derrota que le implicaba la vida. En su desespero por la libertad le ofreció al anciano sus arcos y un poco de oro y un poco de plata. Como el vencedor no cedía, le prometió en cuerpo y alma a su hermana Aino, sobre los que Väinämöinen había puesto sus ojos. Sólo así el vencedor del torneo deshizo el hechizo.

Pero no aceptó Aino, desoyendo la voz de su madre fascinada de tener por yerno al supremo maestro del canto hechizante. Aino huyó por los bosques y Väinämöinen la persiguió incansable por entre las páginas del Kalevala; de pronto la logró alcanzar para poseerla pero ella se le zafó y continuó corriendo y al llegar al lago se quitó su traje para zambullirse entre las criadas de la poderosa sirena Vallamo. Y ante los ojos desorbitados del mago del bosque, Aino se ahogó para él. Pero no murió. Vallamo la acogió en su corte sirénica. Pero un día por casualidad Väinämöinen la pesca, ante lo cual ella se transforma en salmón. No la reconoce. Y cuando se apresta a engullirla ella huye de su barca convertida de nuevo en Aino, y así la persecución continúa, en reencarnaciones, a través de los siglos y de las naciones.

En la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2016 compro el Kalevala y lo leo esa misma noche, compadeciéndome de la suprema excitación de Väinämöinen que es la misma mía, como es mía ahora su larga barba blanca. Al salir del recinto a la noche siguiente siento que unos ojos claros se quedan fijos en el libro que llevo bajo la axila. Ella es nórdica a juzgar por el brillo de sus dientes y de sus palabras. ¿Es usted poeta?, me dice en voz baja. Y cantante, le digo, ganador en varios torneos. Yo también escribo poemas, soy finlandesa, me llamo Aino. Qué vaina, le dije, yo son Väinämöinen, o pretendo serlo, o dejar de serlo. Llevo una eternidad persiguiéndote. Fuimos a un bar donde nos escampamos del sol de medianoche ahogándonos en alcohol. Le pedí un beso. Me lo dio a regañadientes, pero con lengua. Y me pidió algo más largo, un prólogo. Se lo prometí. Lo escribí esa misma noche. Al otro día supe que, fiel a su manía huidiza, había volado a Finlandia. Pero yo no me rindo. Aquí le adelanto un trozo.

Aino Huusko. Comienzo a leer tus poemas por Entra mugre, y siento como tú que mugre es el mundo que pisamos, mugre la organización social que nos toca, mugre el conglomerado y el individuo, mugre el delincuente y el policía y el político y el pastor, y mientras más se limpia el mugre más aparece, como si fuera el pan nuestro de cada día. Yo hice de la nada mi ideología y veo que tú quieres hacerla del mugre. Lo cual es una manera más tremenda de transgredir por medio de la interpretación del entorno. Seamos zen: “Porque si no hay nada desde el principio, ¿dónde se aposenta el polvo?”.

Ahora subámonos al carro de las horas. El tiempo avanza a tantos kilómetros conduciendo dos cuerpos. La fatiga no cuenta si el copiloto no duerme. Viaje del ego te conduce fuera de todos los caminos por donde nadie se pierde mientras siga siendo el centro. Por el atajo que conozco es más lejos. Todos los caminos conducen al camino que ni siquiera pasa por Roma. La poesía requiere ahora de mujeres de temperamento muy fuerte, capaces de pisar el acelerador y soltar el timón. Sólo detenerse a orinar al pie de los camiones que parecen orantes. He dejado el ego en mitad de la carretera. Deja el tuyo. Ahora somos perfectos. Vente conmigo.

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