Adiós a lo perdido

Adiós a lo perdido

Diciembre 10, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Me comentaba un amigo que había observado que los poetas no leen los nuevos libros de sus colegas. Como leyeron el primero o algunos de sus poemas en revista ya saben cómo es su poesía. Y como hay que tener en cuenta que cada poeta lo que escribe es un solo y mismo poema, pues no vale la pena recaer en dicha lectura. Si no gustó a la primera ya quedó condenado. Y si gustó, pues es mejor no correr el riesgo del desencanto.El argumento está revestido de cierta lógica, pero se trata más bien de un sofisma. Un poeta no escribe toda su vida el mismo poema, así lo haga con la misma pluma, porque cada poema es distinto cada vez que se lee y es precisamente para ser salmodiado la mar de veces por el aislado lector.Creo haber leído de Ramón Cote casi todo lo que había escrito y no obstante mi complacencia seguí leyéndolo sin temor a defraudarme. La vida cotidiana, título que venía del padre Cote, es la que nos presenta magnificada Ramón en las páginas de Como quien dice adiós a lo perdido. Así sean poesía diferente en la forma del fondo y en el fondo de la forma.Solemos los poetas cuando nos ponemos de críticos señalar posibles referentes para que se vea no solo que hemos leído sino que no se nos ha olvidado y en este caso vamos a remitirnos al Eliot donde las mujeres revoloteaban por las piezas hablando de Miguel Ángel; al Cernuda de los vastos jardines sin aurora donde habite el olvido; al pandémico y celeste Gil de Biedma confesante de que como todos los jóvenes yo vine a llevarme la vida por delante; al Brodsky de cuando nos cuenta que hace muchas lunas el dólar valía 870 liras y yo tenía treinta y dos años, sobre el globo pesaban dos mil millones menos de almas, y el bar en la stazione adonde había llegado esa fría noche de diciembre estaba vacío; al Kavafis de arruinar tu vida en una ciudad es arruinarla para siempre en cualquier parte del mundo, y a nuestro recién disperso Álvaro Mutis, después de cumplida la tregua de años, de meses, de semanas de asfixia, de interminables días de verano vividos entre gruesos edredones…Me regocijo de no haber caído en el quejoso razonar de mi amigo para poder llegar a éste que desde ya sitúo en mi estantería de los más brillantes y decantados libros de la poesía colombiana. Poesía fluida y filuda para hacer rebanadas del acontecer. Poesía del hombre que ve y en su narrar avizora lo que vendrá. Son los poemas del hombre acodado en la ventana de su habitación contemplando los objetos por encima de los cuales la vida pasa, ahondando en el ahora frente al paisaje que no cesa, asumiendo la presencia de los fenómenos naturales como la lluvia contundente y la noche resbaladiza y la luz del amor menguante, meditando en lo incierto de cada paso transeúnte rumbo a su fiesta o su tumba.Este libro da el adiós a esa imagen que pasaba como la verdadera cara de la poesía, llena de afeites, constelada de plumas de cacatúa. Retorna a señalar con el dedo de la palabra esos objetos que hacen parte de nuestra vida y de nuestro cuerpo, como el árbol del jardín y el libro de viejo. Este es el rostro poético. En la limpia descripción de los momentos y de las cosas, casi que en su sola enumeración acentuada con un exquisito adjetivo, nos sintoniza con un acontecer prodigioso, así sea común a todos, por la coloratura del verbo. Quisiera que todo el mundo escuchara estos versos reflexivos sobre lo que dura y lo que termina, que será lo que quede de estas ciudades. A quien ha escrito un libro como este le cabe lo que reza la última estrofa de su poema a la ciudad de Orchha, en la India: “Los pasos que de ahora en adelante / des por el mundo llevarán a donde vayas / este encantamiento, porque quien una vez ha sido / deslumbrado por la belleza será siempre / el más fiel y devoto de sus emisarios”.

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