Adiós a las armas

Octubre 29, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Por culpa de un idilio famoso se desató la legendaria guerra de Troya. De la picaresca a la épica, siendo el conquistador de la dama el héroe más cobarde en la arena. Del desempeño de los amantes sobre el tálamo la Ilíada no nos brinda mayores detalles, pero es explícita en informarnos a quienes transportaba cada una de las naves de guerra, argivos reclutados por el hermano de Menelao para lavar la afrenta. Cuando lo que se había de lavar ya no tenía caso. El episodio del paraíso, años antes, donde se gestara el primer romance, también tuvo que ver con la guerra. Porque desde que aparezca alguien con una espada de fuego, así sea un ángel, es signo de que las cosas empiezan a calentarse. De allí surgen, antes del éxodo, los primeros desplazados.En parajes de guerra cuajaron amores bíblicos, o escaramuzas amorosas. Sansón perdió por Dalila los pelos de la cabeza, amén de los ojos, pero en la arremetida final, recuperada la pelamenta, acabó consigo mismo y con los filisteos, incluido el niño que lo puso entre las columnas del templo. En guerras sucesivas hemos visto el papel jugado por espías y mataharis. Polvos a cambio de informaciones secretas y contratos para abastecimiento de gorras militares, stripteases para extraer fórmulas bélicas, bunkers permeables al cachondeo. A las guerras mundiales se envían platinadas hollywoodenses para que levanten la moral de las tropas. Y en nuestras guerras, desde la comunera y de independencia hasta la que nos ocupa actualmente -la incivil contra los civiles-, se ha visto el desfile de las abnegadas barraganas y la feroz participación de combatientes con támpax en toldas subversivas.¿Qué elementos químicos serán comunes al amor y a la guerra que tanto los emparienta? He declarado mi amor en la guerra y mi amada me ha declarado la guerra y es el mismo amor el que ronda por todas partes buscando camorra. Porque es en el conflicto donde mejor se rozan los cuerpos, que no en los arrumacos ni en el masaje tántrico de los embaucadores de moda. Amor y guerra han sido tomados casi siempre como términos antinómicos. Pero yo creo que más bien pueden ser sinónimos. ¿Qué es un enamoramiento bien bravo, por no decir un encoñamiento, si no una guerra abierta y declarada, que comienza con la declaración de amor y se prolonga en los coitos, que son las representaciones más fieles de las batallas? No tuvo empacho Góngora en proclamarlo en sus Soledades: “A batallas de amor, campo de pluma”.Cuando los amantes se desvisten es como si se pusieran las armaduras. Por lo menos el hombre, quien mientras más desnudo más duramente se arma. Pero el sexo de la mujer no es escudo, sino espada cóncava. Por eso no se sabe quién penetra a quién, quién conquista a quién, tratando mutuamente de destruirse. Las vainas femeninas embistiendo el estoque macho. El hombre tratando de extraer el orgasmo como un atisbo de la muerte de la pareja para cantar victoria, o terminar eyaculando –lo que implica una rendición. Se gasta más energía en un solo coito que en una temporada de lucha libre. Es de admirar que después de tirar un hombre y una mujer se sigan hablando, cuando de lo que trataron fue de hacerse pedazos. No hay frase más agresiva y a la vez más provocadora que aquella amenaza de: “Te voy a romper el c...”. Y es el traste el que hay que romperle a la guerra a ver si se amansa. Colombia debe dejar de ser un país que pelea para ser un país que magrea. En la guerra por la guerra mueren miles de seres. En la guerra por el amor se aventuran los nacimientos. Cuando éramos ingenuos y peludos decíamos: “Hagamos el amor y no la guerra”. Ahora lo que tenemos que hacer es el amor en la guerra. Y hacerle el amor a la guerra, hasta extenuarla para que se rinda.

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