Adiós a Carreño

Adiós a Carreño

Mayo 21, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Fui educado en las normas de la urbanidad de Carreño, en la preceptiva de Ruano y en la instrucción religiosa del padre Astete. Del catecismo me quedó una vaga noción de Dios, que a medida que fui venciendo la ignorancia se me fue precisando hasta la evidencia. En el manejo del idioma me serví de los trucos del culebrero “para acariciar la ninfa y domeñar el oso”, lo que me ha de generar un escaño en las gradas de la Academia, donde posada se le ha dado a tanto pazguato. Para hacerle juego a mi ropa de hombre de mundo hube de conservar un ápice de caballerosidad y buenas maneras.

Desdeñé desde niño instrucciones inconducentes del gallardo venezolano (!), como esa de escupir sólo en el pañuelo que ya ni se usa, sin llegar a asumir como alternativa Consejos a los criados, de Swift, ni Manual de urbanidad para jovencitas, de Pierre Louÿs. Esta referencia sólo me la entenderán eruditos en porquerías.

A pesar de la revolución en el comportamiento que entrañó la desmañada vanguardia, y que consistía en reponer de moda la barbarie sobre la ovaladez de la tierra, me sorprendía muchas veces (más por fineza que por seducción) cediendo el asiento a una dama en el transporte aéreo, tendiéndole la mano para que bajara del carro de fuego y hasta ayudándole a soportar su pesada valija mientras ella sostenía mi volátil paraguas bajo el chubasco.

La primera en protestar fue mi abuela, a quien cuando me acomedía a traerle un asiento para que nos acompañara en la mesa, o me ofrecía para ayudarla a bajar unas escaleras, me espetaba que no fuera sonso que ella no estaba tullida.

Luego de algunos años en la capital -donde algo se me adheriría de la finura cachaca-, me allegué a una reunión de descomedidos talentos caleños, y me abochorna referir la mano de rechiflas, cuchufletas y cachondeo de que fui objeto, por parte del ultratrabado Mayolo, el ido de Guerrerito y el pelmazo de Matraca, cuando a la señora de la casa que me alcanzó agua en un vaso atiné a expresarle, haciendo además una flexión de cabeza: ¡Muy gentil! Oigan a éste, que dizque muy gentil, jua jua jua, se nos bogotanizó el hijuepuerca, y a grito herido continuaban la guachafita. Y lo peor fue que distinguí entre los mofantes a la propia señora de casa.

Me propuse comportarme con las féminas con una indiferencia calculada, que buenos dividendos me ha generado. Lo que me gusta de ese hombre -cuántas veces no les hemos escuchado en mascullo-, es ese desinterés que se gasta. No volvieron a echar de menos las formas atentas, y mucho menos conmigo. Tanto que cuando en un restaurante como Andrés Carne de Res ven a un hidalgo que se derrite en cortesías y zalemas con su pareja, me lo señalan con el dedo burlón y pronostican que ese gilipollas (término que utilizo para aspirar el premio Cervantes) no tendrá porvenir en su galanteo, y que su intensidad no lo conducirá más allá del desplume. Lo que me parece el colmo de la falta de damallerosidad, como dicen los mexicanos.

Today (término que utilizo para que me retiren el premio), el que quiere ser considerado un gentleman -si eso a estas alturas de la vida conllevara una distinción-, debe desistir de la antiecológica costumbre de mandar cestas de flores, así sean de Don Eloy, o las falsamente afrodisíacas cajas de chocolates con menta; o poemas finamente impresos en la Casa Silva. Lo máximo que podría permitirse es retirarle a la dama posmodernista las medias en el motel, y no arrojar su ropa encima de la de ella mientras la aplancha, porque puede arrugársele. Y, si la conduce de retorno a casa, dejarla unos metros antes de su portal -corriendo el riesgo de que los distinga el acudiente por la ventana-, siempre y cuando se baje rapidito y se pierda por su cuenta y riesgo. Se fueron pues, ¡ay!, los tiempos en que se seducía a las mujeres con cortesía, como se habían ido aquellos en que los trogloditas las conquistaban con un mazazo. Menos mal que ahora son ellas las que llevan la iniciativa.

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