Abracadabra

Julio 12, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

“Eres el más gracioso de la tierra. Y el más feliz. Y el cómico reía.” Así hablaba el poeta del gracioso Garrik, de la Inglaterra, quien cambiaba el spleen de sus coterráneos en carcajadas. Entre los amigos de siempre del nadaísmo Juan José Saavedra fue una de las más brillantes cabezas, como lo atestiguan sus notables sombreros. Gonzalo Arango le comentó con altura su primer libro. Siempre consideró que el movimiento era un chiste y a los chistes se consagró. No a los chistes burdos a lo Cosiaca, sino a ese humor que nace de la paradoja, del juego de palabras inteligente, del chispazo oportuno, la greguería. En eso pudo considerarse el rey, en medio de tanto caleño bromista. Su secreto consistía en no reírse, en las reuniones, de sus notables ocurrencias. Se quedaba serio esperando algunos segundos la sorpresa del contertulio que terminaba desternillándose. Payanés de pura cepa, una vez se graduó de abogado se propuso tomarse Cali, cuando lo logró se lanzó a Bogotá.Me contaba que iba por la 19 subiendo hacia la Séptima con el codo apoyado en el borde de la ventanilla del flamante carro de su señora. Sintió que golpeaban con una llave el vidrio de la ventanilla opuesta. Giró la cabeza alarmado, y en ese momento le arrebataron el reloj de oro. Salió a perseguir al ladrón esgrimiendo el revólver. Como no lo alcanzó regresó y se le habían robado el carro. Llegó la Policía, le decomisó el arma y lo condujo a la inspección a que mostrara el salvoconducto. Era demasiado, prefirió devolverse a Cali. Se burlaban los amigos al verlo ufanarse de conducir como un playboy semejante nave, diciéndole que el carro era de Elsita, pongamos. A lo que él contestaba: Sí, pero Elsita es de Saavedra, huevones. Y todos reían, menos Elsita. Luis Guillermo Restrepo, quien con su generosidad proverbial nos incorporó a tantos, lo incrustó en El País donde por más de diez años con su columna Abracadabra hizo las delicias de sus lectores. Aún en su desempeño como serio abogado apelaba al ingenio en sus alegatos. Y en sus galanteos exitosos. Las cosquillas a sus prospectos amorosos las hacía con la palabra. Se especializó en burlarse del matrimonio y de los vaivenes del amorío. Se creía un mago con la palabra y por eso Abracadabra fue el título de su ensalmo. Una vez se dio cuenta que era malos tragos dejó el alcohol por la cocacola y el revólver por la peinilla. Era amigo entrañable de Armando Barona Mesa, de Adolfo Vera, de Armando Holguín, de Raúl Fernández de Soto, de Fabio Martínez, de Omar Ortiz, de Gabriel Ruiz Arbeláez, de NTC, con quienes hacía permanentes y deliciosas tertulias. Con el Monje loco andaban de la Ceca a la Meca, de Chipichape a Unicentro, tomando tinto y riéndose de lo lindo. Cada paso una carcajada. Fue autor de diez títulos, entre ellos Cómo ser feliz aun estando casado y Lo que el viento no se llevó. Y en plena temporada de lanzamiento, el viento, que no se deja hacer chistes, se lo llevó.El hombre desparece y el mundo sigue andando y bailando tango. Los amigos lo guardan en los entrepaños de la nostalgia. Los lectores desempolvan sus recortes de prensa y evocan lo que fueron sus carcajadas. El hueco de su columna pasa a ser ocupado por otro escriba. Sus libros tendrán una efímera alza de ventas. Y sólo su sombrero dará fe de la medida de su cabeza. Otro cráneo que se va despojado de pensamientos.Hay que perdonarles a los amigos que se marchen antes que uno para poder despedirlos. Y que le dejen la huella de su paso por esta vida compleja, donde los unos a los otros nos empujamos, para impulsarnos o para tumbarnos. Que los gusanos del fuego que a partir de ayer se comen a este cristiano disfruten del banquete del fin del mundo. Porque era su convicción, compartida por el suscrito, la de que el mundo se acaba cuando el paciente termina.

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