A Patty

A Patty

Febrero 12, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Era todos los días distinta y la misma -sentada bajo su sombrero fumando Marlboro–, la mirada extraviada en casa de su madre o en la clínica de reposo. Pendientes de sus orejas sus perendengues y pendiente de mis palabras, que buscaban aterrizarla del cielo de su inconsciencia. Me contaba los sueños que soñaba soñar. Preñada por primera vez a los 16, por reflejo se convirtió en abuela a los 32. Su esposo de su edad de princesa había sido un argentino de La Pampa, quien se devolvió para su parcela con sus dos hijas. Largos años pasó sin verlas. Sin ellas perdió la razón de su vida. Fue abdicando de su belleza y cultivó una esquizofrenia portátil. Tenía arrebatos de misticismo provenientes de lecturas de mártires de la Iglesia y de las hojas del poeta Walt Whitman. Cuando me la presentó su hermanita que acababa de conquistarme, me pidió que le escribiera un poema y me alargó su álbum de autógrafos. Le dije que lo pensaría. “Pero que sea de amor, que de eso somos”.“Qué hay de mi poema”, me decía cada vez que nos encontrábamos. Yo le mentía que lo estaba pensando y ella me refutaba que para hacer un simple poema como para hacer el amor no había que pensar.No creo que ningún gran poema se haya escrito a una mujer que lo pida. No me imagino a Beatrice ni a Laura, a la Duval de Baudelaire ni a la Madeleine de Apollinaire, a la Diotima de Hölderlin ni a la Olga de Maicowski, a la Gala de Eluard, Ernst y Dali ni a la Salomé de Rilke, Nietsche y Freud, a la hermana de Silva ni a la madre de Julio Flórez, detrás de sus poetas para que las perpetúen en su canto. Y a las mujeres que no lo piden no les interesa el poema. Luego no hay que escribirles poemas so pena de frustración, a no ser para ponerlas en aprieto. Como en los epigramas del poeta sacerdote de Nicaragua (“Cuídate, Claudia, cuando estés conmigo…) y algún antipoema de Nicanor Parra, “Durante largos años estuve condenado a adorar a una mujer despreciable”. Por eso dilataba el encargo.“No me has hecho el poema”, volvía a decirme en tanto que leía Las tentaciones de San Antonio. Yo le pedía paciencia, que la vida es más larga que el Ramayana. Tomábamos té de café bajo el árbol del patio abonado con las cenizas del psiquiatra que fue su padre. Ya la hoja del álbum que había arrancado para escribírselo se había desleído en algún bolsillo.Un día me dijo que me tenía un poema. En el atardecer de su cuarto me presentó una hoja en blanco de su álbum de poesías y la firmó solamente Pat. Le dije que me parecía perfecto, que tenía una gran influencia zen, que allí era donde la poesía debía llegar. Que yo trataba de escribir parecido, pero que aún no dominaba la técnica. No creo que quedara convencida.Escribir poemas por complacer es peor que escribirlos por dinero, porque complacer sin placer es un despilfarro. La inspiración no existe en la poesía, ahora está restringida a los hombres de negocios. Por un golpe de inspiración vimos antiguos jaladores de carros apostando en el derby con Agha Khan.Estaba en Perú, en el encuentro de poetas del mundo probando estas teorías, cuando recibí de mi mujer la noticia de su muerte por sobredosis de tranquilizantes. Sentí un dolor bajito por el incumplimiento del compromiso, ahora que ella se había vuelto humo bajo el ala de su sombrero. Me dije que era el momento para escribir el poema, pues ya nada podía dolerle, y estaba más cerca de ella en el extranjero que ella de la tierra de sus recuerdos. Le pedí a mi pluma unas líneas evocadoras. Pero es imposible escribir un poema de amor, sobre todo cuando el amor que lo solicitó se ha marchado.

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