A Lucy, nada

Noviembre 27, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Amada Lucy Tejada desencarnada para bien de tu alma, que también habría muerto de la tristeza al enterarse, a sólo un año de tu partida, del despectivo comportamiento de Cali con tu obra y tu memoria. Me refiero a las entidades de cultura y no a los caleños rasos para que no se calienten, pues la mayoría no saben a estas alturas ni quién fuiste ni quienes fuimos quienes desde el año 60 te reverenciamos. En la sede de tu grupo El Taller, enfrente de la estación del ferrocarril, rodeada por tu hermano Hernando Tejada, Jan Bartelsman, María Teresa Negreiros y Ernesto Buzzi, nos diste la alternativa para lanzar al aire nuestro Terrible 13 manifiesto nadaísta, aquel que rezaba en su introducción: “Ciudadanos, acabamos de tomar el poder y derrocar el gobierno legítimamente constituido. En este momento el presidente derrocado está preso en el sanitario de su Palacio, meditando en la ruina de la república”. Frase ante la cual todo el público, la mitad burgueses progresistas y la otra revolucionarios de salón, se toteó de la risa, por considerarla un imposible. Sin contar con que tal vaticinio se concretaría 25 años después, no por los nadaístas -porque el nadaísta era entonces el presidente-, sino por los militares cuando el episodio del Palacio de Justicia. Éramos el profeta Gonzalo Arango y sus discípulos el hirsuto Amílcar Osorio, el monje loco desde entonces Elmo Valencia y el infaltable Jotamario Arbeláez, dispuestos a tomarnos el mundo como ya lo habíamos hecho con Manizales, de donde nos expulsaron, y Pereira, donde nos acogieron con entusiasmo, en esa gira desorbitada que podría ir de Chinchiná a la Cochinchina. Pero Gonzalo cometería la sublime burrada de enamorarse de ti, desde el momento en que te alargó su libro Nada bajo el cielorraso, con la dedicatoria que oteé de reojo: “A Lucy. Nada”. Me sentí asistiendo a los amores de un poeta mitológico y su hamadríada. Empezó Fanny Mikey con sus Festivales Nacionales de Arte que hicieron de Cali la capital cultural de Colombia, como ya lo era del deporte y lo sería de la salsa y de la belleza. Y en cada evento brillaba tu pintura toda ternura, y la de Hernando, la gracia pura, y la de los integrantes del taller. De los cuales sólo sobrevive la brasileira Negreiros María Thereza, quien continúa sumida en el misterio de sus junglas amazónicas vanguardistas. Hace 4 años Tejadita se fue en su barca de balso y desde entonces Alejandro Valencia, su sobrino y tu hijo, movió cielo y tierra porque su obra se conservara en Cali. Pero la ciudad no tuvo otro recinto qué ofrecerle el descampado, como a cualquier gato callejero. El añejo clamor de Alejo por encontrar un lugar donde quedara la obra de Hernando y la tuya, Lucy, artistas por excelencia de la ciudad, como Pedro Alcántara y Óscar Muñoz, no tuvo eco. Afortunadamente Medellín le ofreció cobijo a su obra, por lo que hay que extenderle las gracias más rendidas. “A Lucy, nada”: el profeta se las traía. Eso es lo que Cali le espeta a tu memoria, después de haberle consagrado tu vida y tu arte. 270 obras donadas y rechazadas porque no se encontró donde ponerlas. Qué puede esperarse de una ciudad que deja invadir del polvo y el moho su teatro emblemático. Al que le pusieron el nombre de Enrique Buenaventura (¿quién será ese?) para dejarle podrir las tablas. Da vergüenza la dirigencia de un pueblo, de la que decían que había mejorado. Ni la burguesía progresista ni los revolucionarios de salón sirvieron pa’ nada. Y ellos sí saben quienes fueron Hernando y Enrique y tú. Perdóname por expresar así mi rabia delante de tu alma partida. Gracias, Pereira. Mantienes la nobleza de cuando hace 50 años nos acogiste.

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