A la guerra no voy

A la guerra no voy

Mayo 20, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Nunca estuve en la guerra, pero viví la violencia desde niño, esa temporada de salvajismo político que todavía no termina, así hayan variado los métodos del general exterminio. Recuerdo a papá quemando en el fogón la corbata roja y metiéndose debajo de la cama cuando oía acercándose el motor del carro fantasma, pues no tenía otra arma que las tijeras de cortar paño. Cuántos liberales en los campos no terminaban con la lengua roja como corbata extraída por el guargüero luego del ‘corte de franela’ y violadas con saña sus mujeres embarazadas y ejecutados también sus gallinas y sus pollinos. No presté el servicio militar ni me enrolé en la guerrilla, como tuvieron que hacer los unos por no tener cómo pagar por la libreta militar y los otros urgidos por el fervor revolucionario, cuando la revolución era en serio. Fui un héroe muy cobarde. Y digo héroe porque soy uno de los pocos de mi edad y extracción social que se mantiene con vida.Confesarse cobarde sin sentir vergüenza es muy doloroso, en un mundo lleno de valientes muertos. En la guerra perdí a muchos de mis queridos amigos, y algunos de ellos perdieron por lo menos una pierna o un brazo, o perdieron a sus amores. Más patética que la misma guerra es volver de ella y encontrar el nido vacío. Morían mis amigos del barrio que se habían enganchado el Ejército o habían echado quimba p’al monte. Los unos a los otros se habían quebrado, como antes lo hicieron los domingos con escopetas de palo jugando a policías y bandidos en el parque San Nicolás. Yo no participaba ni en juego de esa temática. Me sentaba en los escaños de la estatua de Ignacio de Herrera a contemplar el resultado de la simulada balacera. Era impresionante el fuego fatuo de los disparos cruzados de pura pólvora bucal que resonaban bajo los árboles donde había francotiradores agazapados. Por lo general esos juegos ardientes en los que se perdía tanta ropa (no tropa) eran suspendidos por el bendito policía del barrio que nos instaba a un partido de fútbol, que se jugaba con igual furor, como si cada tanto marcado fuera una bomba de profundidad. Por más pacifista precoz que fuera, en este tipo de enfrentamiento no me podía marginar; entonces me pedía ser el portero para tener la oportunidad de seguir leyendo Crimen y castigo mientras mi equipo avanzaba. Una vez en el monte de batalla, cuando tuvieron la edad de disparar de verdad, les tocaba ser víctimas del fuego amigo, así estuvieran en las filas contrarias. Eso pasaba también con los habitantes del campo, hijos de la misma casa, donde terminaban siendo velados al tiempo luego de haberse dado bala por la democracia, mientras los ricos terratenientes seguían disfrutando de sus feudos podridos. Hasta que un genio de la guerrilla descubrió que por allí no era la cosa, y se inventó el secuestro y el boleteo, y dejó manando a los terratenientes que se vieron forzados a dejar de visitar sus posesiones y someterse al abigeato, lo que pasó por largos años hasta que no aguantaron más y posibilitaron la aparición de los ‘paras’, que tampoco es que se fueran de frente al combate contra la guerrilla sino que ejercieron un nuevo salvajismo, el de asesinar con motosierras a campesinos al por mayor acusados de auxiliadores de la misma como el tendero que tuvo que ofrecerles un guacal de gaseosas cuando pasaron o la familia de la jovencita que se enamoró de un insurgente o el que obligado les sirvió de estafeta. Y entró el narcotráfico como una aparición de la virgen de la Macarena y llenó por igual las arcas de la guerrilla y de los paras, que llegaron a hacer treguas que les permitieran hacer embarques compartidos para seguir financiando su enfrentamiento. ¡Cómo no! ¡Qué bonito! ¡Miserables por punta y punta y también por las otras puntas!Ante una circunstancia como esta, cómo no estar por la paz, que no se pacta con santos sino con diablos para exorcizarlos. Antes de votar piense en el grafito del poeta Allen Ginsberg: “¡La guerra es buen negocio. Invierta a su hijo!”

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