20° aniversario de Nelson

20° aniversario de Nelson

Octubre 30, 2017 - 11:55 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Hace 20 años se nos fue de la tierra que abonó con sus risas, sus lágrimas y canciones. En ataúd lacado de considerable tamaño fueron colocados los menudos restos mortales de quien en vida fuera llamado siempre el poeta. Cuando nos dio la noticia su hijo por el teléfono, creímos que se trataba de otra de sus célebres bromas. A lo mejor quería medir los amigos que le quedaban. Cuando abrimos la ventanilla del sarcófago para darle la despedida y convencernos de que era él, el poeta picaresco nos picó el ojo. Lamentablemente no despertaba de una catalepsia. El vidrio era de fabricación nacional.

Los amigos del alma, porque ya para qué los del cuerpo, contemplábamos acostado a quien siempre había sido tan vertical tanto en sus textos y como en sus actos, Nelson Osorio Marín, de Calarcá, tres libros publicados y tres hijos puestos a andar sobre la tierra con la sonrisa gloriosa y ahora con el recuerdo de su padre anegándoles las pupilas. Sergio, Violeta y Nelson, herederos de su chispa y de su bolígrafo Parker. La tempestad se metía en la capilla como en un tomo de Shakespeare. El sacerdote no podía leer el responso por el apagón absoluto. Efectos especiales de Martes 13. Por algo había incorporado su talento en los últimos años a los estudios de televisión.

Poeta a carta cabal, sus temas se bifurcaron en la arremetida frontal contra la injusticia y el canto apasionado a las divas del cine como María Antonieta Pons y la Tongolele. Y a la rumba, la bamba y la conga. Su poético oído musical le llevó a componer hermosas y penetrantes letras de canciones, la mayor parte interpretadas por Ana y Jaime, que siempre nos dieron cuerda, como ‘Ricardo Semillas’, ‘Diré a mi gente’, ‘Los años inmensos’ y ‘Te dejo mis pasos... me llevo mi pie’.

Era tan amplio su talento y tan varia la invención de su ingenio, que hizo historia en la publicidad, donde empezó también de la mano del ‘Negro’ Gonzalo Meza. A la revolución supo meterle el hombro derecho con esa pasión por el humanismo que a tantos amigos llevó monte adentro al abismo. Desencantado de la ortodoxia le sacó el orto y se fue a templar en otras aventuras libertarias donde cupiera la imaginación y cupiera el sueño. Casi todos sus compañeros, quién iba a imaginarlo, vieron realizados tan solo uno de los sueños, el sueño eterno. En la vida cocinaba y les llevaba su buena olla de sancocho a la cárcel. Ahora que el sancocho es él, retorna su presencia solidaria a sus compañeros.

Respecto de las causas de su muerte, fue ultimado por el enemigo pequeño que más personas se han llevado en este siglo, más que las guerras y las pestes en el territorio Marlboro. A los siete años se fumó su primer cigarrillo entre unas matas de plátano a escondidas de Laura y de don Arturo, y desde entonces pasaron cincuenta años en que fumó por lo menos veinte cigarrillos diarios. O sea que en diez y ocho mil doscientos cincuenta días se fumó trescientos sesenta y cinco mil cigarrillos, hasta el último que lo condujo a la clínica y se le apagó entre los labios en la ambulancia. Otros tantos fósforos raspó contra el papel roñoso, eliminando en cada pequeña combustión un sorbo de oxígeno.

Llegó la luz a la hora en que comulgaban todos sus amigos ateos, y lo vimos ingresar por la rampa en la puerta corrediza que conduce a las llamas internas del cementerio, al horno crematorio de purificación. De todos los cigarrillos que fumó cuando la vida era una fiesta, luego de padecer en carne muerta lo que es la combustión de un chicote, solo vinieron a quedar sus propias cenizas.

Querido Nelson, de nuevo te tocó llevarte tu piel y dejarnos tus pasos. Poemas pasos que algún día habrán de editarse completos. Y es entonces cuando vamos a sentir que la vida no es tan desdeñosa con sus cantores.

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