Todos se parecen

Todos se parecen

Enero 09, 2012 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

El Siglo XX olvidó deliberadamente las lecciones de los clásicos en cuanto a las formas o sistemas de gobierno. A causa de la hipertrofia de lo económico, se llegó a decir en el siglo pasado que los sistemas de gobierno eran solo dos, capitalismo y comunismo, y sus múltiples formas mixtas. Se creyó que era la manera de organizar el aparato productivo (empresa particular o empresa estatal) la que marcaba la pauta.Pero -en esta como en tantas ocasiones- los filósofos griegos tenían razón: en la terminología atribuida a Aristóteles, se distinguen claramente dos formas puras de gobierno, la monarquía y la democracia, según que mande una sola persona o que lo hagan los representantes del pueblo. La muerte del líder norcoreano Kim Jong-il, el 17 de diciembre de 2011, viene a confirmar una vez más que los ideólogos del Siglo XX estaban radicalmente equivocados.La de Corea del Norte es una monarquía hereditaria. Un régimen tiránico, despótico y oscurantista, que acaba de enseñar al mundo su segunda sucesión dinástica. A Kim Jong-il, hijo de Kim-il Sung, fundador de la dinastía, lo acaba de suceder en el mando un tipo rechoncho de 29 años, llamado Kim Jong-un, de quien el mundo lo ignora casi todo, salvo que lo aceptó una camarilla de altos mandos norcoreanos como heredero de su padre. A los que en el Siglo XX dividieron el mundo entre capitalistas y comunistas hay que decirles: pamplinas. Nada más revelador que el enfrentamiento bélico entre un tirano de derecha, Hitler, y un déspota de izquierda, Stalin. Millones de seres humanos fallecieron en ese sangriento carnaval de ideologías en que se convirtió la Segunda Guerra Mundial. Nunca les importó a los autócratas si, para mantenerse en el poder, tenían que echar mano de Marx o del conde de Gobineau. Ese amor visceral por el mando es lo que los convierte en monarcas absolutos, acostumbrados a decidir por sí mismos y en nombre del pueblo.Del otro lado del espectro político se encuentra la democracia, no la simple fórmula verbal de que suelen hablar los tiranos metamorfoseados, sino el auténtico gobierno de los elegidos por el pueblo para períodos de tiempo predeterminados. No es solamente la celebración regular de comicios lo que caracteriza una democracia. Es el acatamiento a las reglas de juego, es la aceptación de la controversia y el disenso, es el respeto a la libertad de expresión, es, en fin, la profunda creencia en la contundente sentencia de Karl Popper: “En la democracia nadie es insustituible”.En Corea del Norte, supuestamente comunista, se suceden los hijos y los nietos unos a otros; en Cuba, lamentablemente comunista, dos hermanos se traspasan el poder; en Argentina, supuestamente capitalista, un líder descocado y amigo del enriquecimiento rápido dejó entronizada a su esposa; el bárbaro del vecindario, Hugo Chávez, capitalista despilfarrador, piensa seriamente en instituir como heredero de su cleptocracia a su hermano mayor. Nada les importa a los tiranos en materia de ideología. A la hora de aferrarse al poder y tratar de conservarlo, todos los déspotas son iguales.

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