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Marzo 05, 2012 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

La opinión que tiene Transparencia Internacional sobre América Latina no es la mejor. Según esa organización, nuestros males característicos siguen siendo el lavado de dinero, la corrupción y la violencia. Hay que respetar esta apreciación, aunque la posición de quejosas de oficio que asumen ciertas oenegés les da un sesgo a sus dictámenes. Sí, tenemos esos problemas, pero no puede negarse que desde que se desató la crisis global de 2007 la respuesta de América Latina ha sido en general acertada, ponderada y cuidadosa.Decimos que en general la respuesta a la crisis ha sido buena. Porque subsisten cuatro tachas que causan a los ojos del mundo serio muy mala imagen. Nos referimos al grupo de los impresentables: Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Daniel Ortega en Nicaragua. El mundo desarrollado nos mira como un todo y es allí donde se aprecia el enorme hueco que los líderes demagogos y populistas causan a nuestra imagen colectiva.Las grandes inversiones en nuestra región dependen de precalificaciones que los analistas preparan para los países deseosos de invertir. Es imposible ocultar la bajísima calidad democrática del gobierno de Hugo Chávez; sus golpes bajos a la prensa libre; el propósito manifiesto de reducir a las fuerzas de oposición a su mínima expresión; el deseo cesarista de perpetuarse en el poder; y hasta la vergonzosa manipulación mediática de la enfermedad del dictador de Barinas. Todo este cuadro sirve para alejar, más que acercar, a Venezuela del resto del mundo. Del mundo sensato, por supuesto, en el que no cuentan la Libia de Gaddafi ni la Bielorrusia de Lukashenko ni el Irán de Ahmadineyad.Evo Morales en Bolivia ha venido mostrando el estaño. De ese indígena de castellano enredado que capitalizó en su momento el querer colectivo de los bolivianos, va quedando muy poco. Los propios pueblos indígenas de Bolivia han ido incrementando su oposición al líder populista y demagogo, a quien se le ha visto recientemente una faceta hasta entonces desconocida: la del machismo burdo y el comentario procaz. Y en relación con Daniel Ortega, poco se puede agregar respecto de este capataz aferrado al poder, en el cual sólo sobrevive gracias a las ayudas que sin consultar a nadie le ha venido proporcionando su afín de Venezuela.Capítulo aparte merece el melodramático e irascible presidente del Ecuador. Una regla esencial de la democracia consiste en que el gobernante debe someterse al escrutinio de la opinión y a la crítica de la prensa libre. Rafael Correa tiene de sí mismo un concepto absolutamente desmesurado: tanto que tasó en 40 millones de dólares los supuestos perjuicios que le causó el comentario de un periodista. En este caso sí que puede aplicarse el viejo cuento: el mejor negocio del mundo consistiría en poder comprar a Rafael Correa por lo que vale y venderlo por lo que él cree que vale.Son, pues, cuatro los líderes demagogos que forman el hueco en nuestra imagen colectiva. Podríamos incluso decir que, tratándose de ellos, hueco es un acrónimo: Hugo, Evo, Correa y Ortega.

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