Obedecer y no cumplir

Noviembre 26, 2012 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

La primera nación europea en consolidar un imperio moderno y mantenerlo durante 4 siglos fue Inglaterra. Otras potencias –España, por ejemplo– edificaron grandes imperios, pero la continuada torpeza de sus gobernantes generó el desmoronamiento. El secreto de la duración del imperio británico radicó en el conocimiento de la población autóctona y su educación hacia la comprensión de que una comunidad de naciones afines progresa y se defiende mejor.La emancipación de Estados Unidos fue un suceso si se quiere aislado. Y, por supuesto, con un trasfondo patrimonial. Algún alcabalero de Boston gravó en exceso las importaciones de té y allí se prendió la mecha. Como la corona británica decidía en la práctica quién se enriquecía en la metrópoli y quién no, los norteamericanos dan gran preponderancia a sus bienes. Para poder construir libremente sus patrimonios esos individuos habían emigrado a las colonias del norte de América. Por ello la Declaración de Independencia dice sin ambages que sus 56 firmantes dedicarán a la idea de ser libres “…nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor…”. En ese orden.De hecho el Imperio Británico, como entidad política, sobrevivió siglo y medio a la independencia de los Estados Unidos y aún hoy continúan los nexos diplomáticos de privilegio entre Inglaterra, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Los ingleses solo conservan hoy poder sobre pequeños territorios, con una fórmula comprobadamente efectiva: cuando alguno de los países que fueron despojados en el pasado reclama, los ingleses se apoyan en plebiscitos que señalan sin duda alguna que los pobladores autóctonos quieren continuar atados a la ‘Union Jack’.¿España reclama porque hace 3 siglos fue despojada de Gibraltar? Los llanitos (habitantes de la colonia) de inmediato hacen conocer que su deseo es continuar siendo británicos. ¿Que Argentina quiere remover el caso de las Malvinas? Rápidamente se publica que la intención de los kelpers (así se conoce a quienes viven en las islas) es mantenerse bajo la protección británica. Todo esto se trae a cuento para recalcar el argumento de que la soberanía de los territorios la deben decidir sus habitantes efectivos y no los gobernantes.El error de Colombia consistió en no haber consultado el deseo de los habitantes de San Andrés, respetando esa decisión y convirtiéndola en inamovible argumento de carácter político. Eso no se hizo y la escuela centralista del manejo de las relaciones exteriores apareció de nuevo. En 1830 nuestro mapa mostraba el doble del territorio de que hoy disponemos. Los excedentes se fueron cediendo, entre chocolates calientes e ingeniosos calambures, al vecino que los reclamara con firmeza. Ni aún la secesión de Panamá sirvió de escarmiento.Por ello Colombia está hoy ante una clara disyuntiva: o acata la decisión de la Corte de La Haya o se enfrenta al germen secesionista de San Andrés. Que existe y es necio negarlo. Las manifestaciones isleñas de los últimos días obligan a acoger la vieja fórmula de los criollos americanos: el fallo se obedece pero no se cumple.

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