No es el agua

Noviembre 28, 2011 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

Hace pocos días el Gobernador de Cundinamarca declaró que las enormes inundaciones —que por segunda vez en 2011 anegaron la sabana de Bogotᗠse debían a que llueve demasiado. Andrés González Díaz ha sido un buen funcionario público a lo largo de su vasta carrera, pero esta vez —al final de su mandato— la inactividad frente al invierno se ha encargado de minar su popularidad.Solo al terminar sus palabras González Díaz se refirió a la causa de lo que está sucediendo: la acción depredadora del hombre, mezclada con la inacción de las autoridades. Gobernador: la culpa no es del agua. Ella ha estado allí siempre. Esa verde meseta andina que maravilló a los conquistadores españoles debe su atractivo y fertilidad al lento curso del río Bogotá, que la atraviesa de norte a sur.Antes de que el centralismo decidiera llevarse todo para la capital, el río Bogotá alternaba los bajos caudales del verano con las inundaciones del invierno, ocupando la tierra aledaña al cauce cuando la necesitaba. Pero en los últimos 40 años las alocadas fuerzas de la concentración económica resolvieron pavimentar la sabana, desecar los humedales, levantar casas donde antes había pantanos, construir vías por debajo de la cota de las aguas, talar de manera inmisericorde las cabeceras del río.Esas tierras eran del río Bogotá. Al igual que las orillas del Cauca y las del Magdalena. Las lluvias son abundantes, pero no exageradas, pues los registros que se llevan muestran picos de precipitación, pero no catástrofes. Parece que cada dos o tres mil años (apenas un instante en la historia de nuestro planeta,) se incrementan de manera considerable las lluvias y ante esos fenómenos tienen que estar alerta los habitantes del globo.Las lluvias y los inviernos del trópico han llegado para quedarse. Lo que nos ha faltado en el país es acción preventiva. Estados Unidos resolvió desde hace muchas décadas los problemas que generaban el caudaloso río Mississippi y sus afluentes. Europa no sería igual si no se hubieran corregido los cursos de los ríos, si las aguas del Rin y del Danubio y del Volga no hubieran recibido durante siglos cuidado y atención. Holanda no sería Holanda si no se hubiera ganado tierra al mar con la construcción de diques.Antes las construcciones requerían —por regla general— de la intervención de dos profesionales: el arquitecto que diseñaba y el ingeniero que construía. Hoy es una locura acometer cualquier obra sin los estudios previos de geólogos, ingenieros hidráulicos y ambientalistas. Tanto para las edificaciones urbanas como para las obras de infraestructura los conceptos de esa nueva trilogía de profesionales se volvieron imprescindibles.Las autoridades de planeación deben darse por notificadas. También los institutos oficiales que prospectan las vías del país. Una nación que publicita su progreso en todas las latitudes no puede seguir tolerando inundaciones como las de los alrededores de la capital y los constantes derrumbes de la vía a Buenaventura, la más importante del país.Hay algo de lo que podemos estar seguros: la culpa no es del agua.

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