Los mapas

Los mapas

Marzo 17, 2014 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

No existen dudas: quien modernizó el oficio de tirano fue Adolfo Hitler. Sus secuaces descubrieron el enorme potencial de los medios audiovisuales para fabricar ídolos y dar apariencia de verdad a grandes mentiras. Por ello los pasos de Hitler comenzaron a ser seguidos por la gente de Leni Riefenstahl, una gran directora de cine y eminente fotógrafa, quien como tantos alemanes de su época puso sus conocimientos al servicio del mal mientras se desempeñaba como directora de propaganda del oprobioso régimen nazi.Quedan en consecuencia muchos registros de imagen en los que aparece el dictador, con gesto de “qué diablos es esto”, parado en frente de los gigantescos mapas que los generales alemanes preparaban para él y que se extendían en mesas de proporciones épicas. A Hitler no le alcanzaron sus conocimientos militares sino para ostentar el grado de “soldado de primera”. Como lo ha desvelado Thomas Weber, un joven historiador de Oxford, la versión de que Hitler llegó a ser cabo del ejército austriaco es otra de las mentiras que el siniestro dictador -o sus propagandistas- fabricaron a la medida de su megalomanía.Muchos dictadores sienten fascinación por los mapas. Allí, de pie frente a las gigantescas cartografías que los soldados profesionales le exponían, Hitler cometió (gracias a Dios) algunas de las estupideces tácticas que llevaron a que el régimen que iba a durar mil años se hundiera en tan solo seis años de guerra. Los generales, almirantes y mariscales comenzaron a subestimar las órdenes de Hitler, a modificarlas sobre el terreno, a corregirlas bajo cuerda. Pero quedaron para la posteridad las imágenes del tenebroso dictador ensimismado en los mapas antes de ordenar, por ejemplo, que el ejército de Von Paulus resistiera hasta la muerte en Stalingrado, en un cerco imposible de romper que le tendieron los rusos.No solo los tiranos de antología, como Hitler, han sentido la tentación de alterar los mapas. Los mayores errores en estas materias los cometieron los británicos en medio del desguace de su vasto imperio. Desde algún despacho de la fría Londres se ordenó crear un Hogar Nacional Judío modificando las realidades geográficas del Medio Oriente y dando origen a un conflicto que se acerca a un siglo. Iguales errores se cometieron al trazar los límites de Pakistán, pues se incluyó dentro del estado pakistaní un territorio situado a miles de kilómetros de distancia, cuya secesión se produjo finalmente en 1971 bajo el nombre de Bangladesh. Los errores de los cartógrafos británicos han llegado hasta nuestros días: apenas en 2011 se corrigió la equivocación de haber agrupado en un mismo estado, Sudán, el norte árabe y musulmán, y el sur cristiano y animista.Nikita Jruschov, un autoritario y bien pedestre líder ruso, resolvió en 1954 cambiar el mapa de la zona al anexar la península de Crimea a Ucrania. Desde las épocas de Catalina la Grande Crimea se ha considerado una parte del territorio ruso. Y a pesar del acto dictatorial de Jruschov, Crimea sigue siendo para los rusos la porción de tierra que rodea su gran puerto marítimo de Sebastopol. Aparte de mostrar los dientes a Putin, no hay mayor cosa por hacer. El líder ruso solo se acomodará a la partida de Ucrania si Crimea (y Sebastopol) vuelven a la órbita de Moscú. Con cierta razón el cuestionado Putin puede en estos momentos echar la culpa a los que cambian los mapas.

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