La monarquía tropical

Diciembre 05, 2016 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

A finales de 1989 se conmemoraron los treinta años de la Revolución cubana. Toda una serie de festejos trató de ocultar las tristes realidades acaecidas para el gobierno de Cuba en ese año: las principales de ellas el derrumbe del comunismo en Europa y la caída del Muro de Berlín. No obstante, se reunieron en una agradable charla en La Habana varias personalidades, entre ellas Gabriel García Márquez y el presidente Fidel Castro. Este, a despecho de su pregonado credo revolucionario, solo tomaba whisky puro.En medio de la reunión, y alegres ya los espíritus, dicen que García Márquez le preguntó a Fidel Castro cuáles habían sido los tres grandes errores de la Revolución cubana. El comandante los dijo en orden. Comenzó calificando de grave equivocación la política de fusilamientos que, al inicio de la Revolución, llevó al paredón a cientos de opositores. A continuación, Castro también calificó como gran error la década dedicada por Cuba a la exportación de la Revolución a países tan lejanos como Angola, en el África, y Bolivia, en Suramérica. Y, en tercer lugar, también se consideró un gran error el haber combatido la inversión extranjera, lo que llevó al estrangulamiento de la economía de la isla.La anécdota la narra el reconocido periodista colombiano Darío Arismendi, presente en la reunión. Treinta años después de iniciada la era castrista, el comandante reconocía paladinamente el fracaso de los tres grandes pilares de su política: el baño de sangre inicial, la extensión de la guerra a países lejanos y el aniquilamiento del sistema de producción de la isla. Lo que hay que preguntarse es cuál es la razón para que un fracaso de tal magnitud, reconocido por su propio autor, perdurara veinticinco años más.Lejos estaban los días en que el comandante Fidel Castro, ensoberbecido por su triunfo sobre el dictador Batista, afirmaba que “una revolución es una lucha a muerte entre el futuro y el pasado”. Los días grises de 1989 demostraron que el futuro de Cuba no había sido feliz, si se lo imaginaba desde la perspectiva de 1959. La duda es reiterada: ¿cómo es posible que un sistema político tan equivocado perdurara por tanto tiempo?La explicación pasa por la personalidad autocrática del comandante Castro y por su innegable magnetismo. Desde sus días iniciales, Castro demostró un talante autoritario y nada tolerante con las críticas adversas. Plinio Apuleyo Mendoza, castrista de las primeras horas, cuenta que renunció ante el propio comandante a su cargo en la agencia Prensa Latina. Castro se molestó y le dijo, con cierto tono amenazante, que a la Revolución no se renuncia, pues todo aquel que se aparta de ella es de inmediato considerado un contrarrevolucionario.El autócrata se encargó de construir un aparato represor de una gran eficacia, lo que llevó al desconocimiento masivo de los derechos humanos y de la libertad de expresión. Pero él, dotado de gran magnetismo ante la gente logró convencer a las masas cubanas de que su situación de escasez y carencias no era causada por los propios errores de la Revolución, sino por la guerra declarada a ellos por el ‘Imperio’. Este gran manipulador de opiniones acaba de fallecer a los noventa años. Lo ha sucedido, como en las monarquías, su hermano. Y sus cenizas han sido transportadas, como en las monarquías, en un largo cortejo desde un extremo a otro de la isla.

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