La gran ignominia

Septiembre 05, 2011 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

Se acerca el décimo aniversario del ataque masivo más afrentoso que recuerda la historia moderna: las masacres de civiles del 11 de Septiembre de 2001, ocurridas todas en territorio de los Estados Unidos. El arranque cronológico del Siglo XXI fue casi coincidente con el trágico suceso que cambió el curso de los acontecimientos mundiales que sepultó para siempre al Siglo XX, y que planteó los asuntos globales en escala diferente.Prestigiosos historiadores (Hobsbawm, entre otros) aseguran que no son los calendarios los que determinan la duración de los siglos, es la coherencia de los sucesos. Así, por ejemplo, se dice que el XX fue corto, porque la cadena de acontecimientos que lo identifica arrancó en 1914, con el inicio de la Primera Guerra Mundial, y concluyó de manera clara en 1991, con el derrumbe de la Unión Soviética y sus satélites. No cabe duda alguna sobre la magnitud y sobre la trágica importancia de los sucesos del 11 de Septiembre de 2001. Las potencias del siglo pasado acudían, por lo general, a la guerra convencional entre grandes ejércitos. De allí las dos grandes catástrofes conocidas como Primera y Segunda Guerra Mundial, de las cuales surgieron como poderes vencedores Estados Unidos y Rusia. Pero el hundimiento del comunismo estalinista dejó sin piso a la potencia soviética, dando nacimiento a la era de la unipolaridad.Nadie se imaginó que en el seno del mundo musulmán crecía de manera clandestina una cepa terrorista de gran peligrosidad por su audacia y fanatismo. Es cierto y demostrable que los grandes imperios caen, tarde o temprano, en manos de incompetentes arrogantes que se creen inmunes y todopoderosos. Pero la llegada de uno de ellos, George W. Bush, al mando de la única potencia mundial, no permitía dar explicación alguna a los alevosos ataques del 11 de Septiembre.Vistas ya las cosas con la perspectiva de un decenio, no es fácil de entender qué perseguían Bin Laden y sus secuaces con la carnicería de civiles. ¿Arredrar a la gran potencia? Lograron exactamente el efecto contrario: se despertó a escala mundial una ola de simpatía hacia los norteamericanos del común, esos ciudadanos normales y corrientes que tuvieron, el 11 de septiembre de 2001, la mala fortuna de estar en el lugar equivocado.Como era de esperarse, la reacción de Bush y su equipo fue la peor imaginable: desataron no una, sino dos guerras convencionales contra terroristas clandestinos. Se hizo verdad aquel viejo dicho: Bush optó por matar moscas a cañonazos. El atascamiento de las fuerzas militares norteamericanas, primero en Irak y ahora en Afganistán, continúa con un desangre presupuestario que ha desbordado todos los límites.Pero los costosos errores de la reacción norteamericana jamás lograrán opacar la perversidad del ataque. Creo que todos los espíritus de bien dedicarán el próximo día 11, aunque sea un momento, a recordar a los miles de empleados, oficinistas, policías, bomberos, inocentes pasajeros de aviones y simples transeúntes que murieron hace 10 años por la salvaje acción de un puñado de despreciables fanáticos.

VER COMENTARIOS
Columnistas