La banalidad

Octubre 24, 2016 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

La escritora Hannah Arendt asistió al juicio que se siguió en Israel contra el oficial nazi Adolf Eichmann. El asombro de la escritora fue mayúsculo al conocer la frialdad del personaje que había propiciado la muerte de cientos de prisioneros judíos. Eichmann no pareció entender nunca que sus actuaciones durante la Segunda Guerra Mundial formaban parte de una impresionante maquinaria de exterminio de seres humanos. El reo sólo cumplía órdenes.Hannah Arendt acuñó la frase “la banalidad del mal”, que ha ingresado a la cultura occidental y que sirve para describir a las personas que no comprenden las graves consecuencias de sus actos. Toda la jerarquía nazi juzgada tras la derrota alemana de 1945 es un ejemplo del grado de trivialización al que se llegó por parte de los causantes del conflicto bélico que generó, según algunos, 50 millones de muertos. Los culpables se escudaron en el funesto liderazgo de Hitler y en la capacidad nazi de crear símbolos y de organizar grandes espectáculos de masas. El mal de la banalidad ataca de nuevo. No con las dimensiones trágicas ya reseñadas pero sí en una forma que sorprende a todo el mundo. La actual campaña presidencial de los Estados Unidos ha permitido observar reprobables ejemplos de la incapacidad de los líderes de ese país para comprender la trascendencia de lo que está en juego. Obtener la presidencia de los Estados Unidos significa arribar al comando de la nación más poderosa del planeta. De manera increíble el aspirante republicano Donald Trump ha ido subiendo en la favorabilidad de muchos millones de personas, a quienes poco les ha importado la crudeza de su lenguaje, la bajeza de sus comentarios, la enorme simplicidad de sus argumentos y el hábito de acudir de manera constante al insulto y a la difamación. Para los seguidores de Trump, entre más enlode las cosas su candidato, más apoyo parece lograr. Y lo más increíble es que Hillary Clinton, política de amplia experiencia y de nutrido currículo, ha mordido el anzuelo. Los tres debates entre Trump y Clinton mostraron un rosario de bajezas y de alusiones intolerables a la vida privada de muchas personas. Este par de aspirantes a regir la primera potencia del mundo chapotearon en las aguas bajas de la alusión a los defectos del rival, sin mostrar consideración alguna por la enorme trascendencia del cargo al cual aspiran.Es la banalidad en toda su extensión. Jamás se había visto tanta pobreza argumental en un debate entre candidatos a la presidencia de los Estados Unidos. Por estar preocupados por las abundantes groserías de Donald Trump o por las reiteradas infidelidades del esposo de la señora Clinton, este par de aspirantes pasaron por encima de los temas importantes, sobre los cuales descansan la paz y el progreso del mundo. Pero la banalidad vende. Millones de norteamericanos han seguido con atención morbosa el devenir de la campaña presidencial. Insultos van, descalificaciones vienen, todo enmarcado dentro de la civilización del espectáculo, a la que se ha referido varias veces Mario Vargas Llosa. * * *Al Presidente Santos le dio por decir que el premio Nobel de Paz es un mandato claro que le ha conferido la comunidad internacional. Hay que aclararle al Presidente que el Nobel de Paz es un galardón que entregan unos cuantos noruegos y que la comunidad internacional no le ha otorgado mandato alguno.

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