El faraón y la reina

Febrero 07, 2011 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

En los últimos meses —antes de las actuales revueltas populares— Egipto produjo dos importantes noticias. La primera tuvo que ver con Hosni Mubarak: el declive físico del gobernante, su vicioso apego al poder, la posibilidad de que su hijo, Gamal Mubarak, lo sucediera, y la fatal conversión del viejo general en un remedo de faraón, al mando de un régimen represor y refractario a los cambios sociales.La segunda noticia la generó la petición del Ministerio de Cultura de Egipto a las autoridades alemanas para que el milenario busto de la reina Nefertiti, preservado desde hace un siglo en un museo de Berlín, fuera devuelto a su país de origen. Desde su hallazgo en 1912 se ha admirado la imponente belleza de la escultura, considerada con razón como una de las piezas más valiosas del arte del antiguo Egipto. Pero en cuestión de días la ira popular lo copó todo. Envalentonados por el rápido triunfo de la oposición en Túnez, los grupos sociales egipcios se lanzaron a las calles tras una pieza de caza mayor: Mubarak, el rais, el viejo y astuto faraón. En los 30 años que ha pervivido su régimen, Hosni Mubarak fue convirtiéndose, paso a paso, en una pesada losa dispuesta a sepultar cualquier amago de cambio social. No se puede negar que en sus primeros años el régimen trajo paz al país y seguridad a la región. Pero al rais lo perdió el apego al poder. Rubén Blades, ahora tan de moda, dijo hace algún tiempo: “La idea del poder marea. No corrompe: desenmascara. No sabes quién es quién hasta que tiene poder”. El mundo fue cortejando a Mubarak con el discurso de que era necesario, casi imprescindible. Y el viejo militar se lo creyó.En los últimos tiempos Mubarak se ha limitado a reescribir la historia de los déspotas: enriquecimiento y violencia. Se estima que el presidente egipcio posee una fortuna personal de US$30.000 millones. Y las condiciones de dureza del régimen empeoraron día a día. Como dice Elías Canetti, “detrás de cada paranoia, como detrás de cada poder, se halla el mismo deseo de barrer a los otros del camino, para ser el único”.Mubarak o el fugitivo líder tunecino Ben Ali —personalidades bien definidas desde el siglo pasado— no lograron comprender que los seres humanos de la era de la información experimentan la imperiosa necesidad de ejercer sus derechos. En términos del sociólogo francés Alain Touraine, “cada vez hablamos menos de intereses y más de derechos. Tal es la transformación principal de nuestra vida social”.A través de sus canales de comunicación, el pueblo egipcio entendió la necesidad de aprovechar el momento para desprenderse del viejo faraón. Al comienzo de las manifestaciones no contaron con que rara vez una dictadura se ahorra un baño de sangre. Y allí, en las primeras planas de la información, todos hemos sido testigos de que el régimen egipcio golpeará duro antes de disolverse.Pero el vandalismo de algunos manifestantes y sus ataques a los museos egipcios han logrado definir el panorama: el faraón Mubarak tendrá que irse, pero la reina Nefertiti no volverá. Egipto se quedará sin faraón y sin reina.

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