Dos generales

Junio 28, 2010 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

Francia acaba de recordar, con respeto, el patriótico llamamiento radial que hizo desde Londres el general Charles de Gaulle, el 18 de junio de 1940, abrumado por la facilidad con la que su país había permitido la ocupación de las tropas alemanas. El discurso pronunciado por de Gaulle, hace ahora 70 años, enfrentó de inmediato a este joven general con el mariscal Philipe Pétain, veterano héroe de las batallas de la Primera Guerra Mundial, quien acababa de asumir el poder y anunciaba un armisticio con las fuerzas nazis. Pétain y de Gaulle personificaron desde ese entonces dos posturas antagónicas, dos maneras encontradas de ver el mundo. El anciano Pétain no encontró para Francia un futuro diferente al de colaborar con los poderosos ejércitos alemanes y al de establecer en el país un régimen autoritario, en sintonía con la ideología fascista que parecía aplastarlo todo en Europa. Pétain -muy corto de miras- tuvo por lo menos el gran acierto de asentar en la pequeña población de Vichy la sede del nuevo gobierno y alejar a París de cualquier escenario bélico.Mientras Pétain optaba por ceder, por contemporizar con los triunfadores del momento, por acomodarse a la realidad imperante, el general de Gaulle vio más allá. El fascismo era intrínsecamente perverso. Nada bueno podía esperarse de una cepa ideológica nacida en las mentes de Mussolini, un histrión italiano, y de Hitler, un antiguo cabo austriaco imbuido de todos los resentimientos y frustraciones. El nazismo tenía que ser derrotado y de Gaulle lo entendió así, con plena claridad, desde el primer momento.Los sucesos que vinieron después son muy conocidos. El general de Gaulle, no obstante las afrentas y desprecios que sufrió por parte de los grandes comandantes aliados, protagonizó con entereza la lucha por la liberación de su país, y finalmente la obtuvo. La suerte de Pétain fue la misma de los millones de europeos que creyeron —inexplicablemente— en las promesas de mil años de nazismo, hechas por el enloquecido Führer: la humillación de la derrota.Concluida la guerra, la suerte de estos dos generales continuó distanciándose. Francia rodeó a de Gaulle de reconocimiento y respeto. Cuando la potencia europea se atascó en el conflicto de Argelia, el general fue llamado a prestar un nuevo servicio a su país. Se le entregó el mando, solucionó el lío de Argelia y puso orden al parlamentarismo desbocado de la Cuarta República. De hecho, las huellas políticas del general de Gaulle han perdurado hasta nuestros días.Pétain fue sometido a juicio por alta traición. Fue condenado a muerte y despojado de todos los honores. Las naciones, sin embargo, no pueden ser severas con sus héroes. A Pétain se le conservó la distinción de Mariscal, como justo recuerdo a su heroísmo en Verdún, en 1916. Y al viejo general, que muchas glorias dio a su país, se le conmutó la máxima condena por la de confinamiento en una pequeña isla atlántica, donde murió en 1951.La gran lección de todos estos episodios, por supuesto válida para Colombia, es que el verdadero juez de los grandes militares es la Historia.

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