Cosas del Nobel

Octubre 18, 2010 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

En pocas ocasiones el premio Nobel de Literatura ha sido tan bien recibido como en la versión de 2010. Prácticamente no hay rincón del mundo culto donde no se conozca la vasta obra de Mario Vargas Llosa, con cuyos temas se puede estar en desacuerdo, pero no con su impecable factura formal. Esta vez los suecos no tuvieron que recurrir a fantasmas centroeuropeos o a personajes de culturas exóticas para otorgarles el premio. Vargas Llosa es un escritor de raza. El peruano ostenta un perfil bien definido: piensa como un liberal anglosajón, siente como un apasionado latinoamericano y escribe como todo un clásico español. En mi caso he sido fiel lector del Vargas Llosa periodista. Su columna quincenal irradia cultura desde El País de Madrid, La Opinión de Los Ángeles o La Nación de Buenos Aires. Muchas veces no he compartido en el fondo los temas que trata, pero leerlo siempre es gratificante por lo vigoroso del estilo. Pero si los académicos escandinavos hicieron diana con la designación de Vargas Llosa, en otras selecciones no han corrido con la misma suerte. Es una intromisión innecesaria en la escena política internacional la escogencia de Liu Xiaobo, un disidente chino sin otro mérito que su propia divergencia. El imponente ascenso de China no se detiene crispando los ánimos ni distinguiendo con el Nobel de Paz a un contestatario. Todos sabemos que el gigante asiático no ha logrado encontrar la forma de mezclar desarrollo económico con democracia política. Pero lo está intentando, con los pasos lentos propios de un pueblo con varios miles de años de historia sobre los hombros. El mundo occidental no cuestionó el régimen híbrido de los chinos cuando llevó hasta ellos fórmulas, patentes y secretos con el fin de que manufacturaran más barato que el resto. Resulta que los chinos aprendieron los oficios y ya es muy difícil detener esa enorme máquina de producción, alimentada en sus inicios por las grandes potencias industriales. Ni qué decir del premio Nobel de Economía, otorgado este año a un inglés y a dos norteamericanos. Lo increíble es que a uno de éstos, Peter Diamond, lo tiene vetado el Senado de los Estados Unidos por considerarlo incompetente para ocupar una plaza en el Consejo de la Reserva Federal. Ni más ni menos.Si algo está agitado en el siglo XXI es la ciencia económica, con profundos cuestionamientos sobre su misión. En épocas de crisis globalizada, es imposible ignorar que el mundo ha estado regido por economistas como los que acaban de recibir el Nobel. Son los padres del fracaso y seguir exaltándolos parece tan estrafalario e insensato como continuar pagando cuantiosos bonos de éxito a los banqueros de Wall Street. La confusión imperante en la economía requiere de una profunda revisión, que debe partir de las escuelas del ramo. Los buenos y verdaderos economistas tienen asignada esta tarea. Un Ph.D. en economía de la universidad de Stanford, Vikram Seth, ha tenido el coraje de decir: “La economía es la peor preparación posible para dirigir algo. Es el tema más inútil y menos práctico del mundo”.

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