Choque frontal

Mayo 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

Jean-Claude Juncker, un prestante dirigente europeo, dijo hace poco que “sabemos exactamente lo que debemos hacer; lo que no sabemos es cómo salir reelegidos si lo hacemos”. La frase resume a la perfección lo que está viviendo el mundo desarrollado: un choque frontal de conceptos entre la viabilidad económica y el ejercicio práctico de la democracia. Los dirigentes parecen creer que si abandonan el discurso populista y pintan la realidad como es, lo más probable es que las masas no voten por ellos. La responsabilidad es compartida entre los dirigentes y los pueblos. La gran culpa de los primeros radica en que —prácticamente en todas las democracias modernas— se han aceptado los recursos del manejo de masas que perfeccionaron sin rubor alguno los fascistas y los comunistas, en la primera mitad del siglo pasado. Hoy cualquier líder siente la gran tentación de prometer imposibles y de trabajar sobre los sueños reprimidos de la gente. Y la gente es crédula hasta límites insospechados. De no ser por el enceguecimiento colectivo los griegos no hubieran votado una y otra vez por los políticos que les ofrecían miel sobre hojuelas; ni se hubiera desarrollado el chavismo en Venezuela; ni Cristina Fernández andaría nacionalizando a su antojo; ni hubiera existido una DMG en Colombia; ni ese inquieto e irresponsable joven que se tomó a Facebook continuaría frustrando a la gente, esta vez desde el imponente escenario bursátil. La fórmula, según Juncker, es clara: no es posible para los países continuar eternamente viviendo del cuento y de las esperanzas. El gran artífice de la Unión Europea, Jacques Delors, popularizó su lema de que hay que ponerles costos a las ilusiones. Pero los políticos electoralistas no siempre piensan lo mismo. Saben o intuyen, como eternos buscadores del poder, que este se alcanza más fácilmente sobre una plataforma gaseosa pero llena de colorido, que sobre un serio planteamiento de metas concretas. Todo por cuenta de la falta de criterio de los electores.Los amigos del gasto expansivo tienen, por supuesto, un brillante profeta: el reputado premio Nobel Paul Krugman. Sus intervenciones públicas hacen constantes paralelos entre las soluciones que están dando los norteamericanos a la crisis —que son de su gusto— y las que tratan de aplicar los europeos. No falta razón a Krugman en cuanto pone de relieve que el déficit no se puede estrangular de la noche a la mañana sin causar dolor entre la gente. Pero, como lo demostró Grecia, había en Europa varios países que ya andaban desbocados.Muchos temen que de este choque frontal de conceptos salga malherida la democracia, tal como la hemos conocido en Occidente. Y es verdaderamente preocupante el surgimiento de los extremismos en Europa, tanto de izquierda como de derecha. El mal se puede extender rápidamente, y los latinoamericanos, que nos creemos inmunes en muchos aspectos, tenemos que estar atentos para detectar a quienes prometen a sabiendas de que es imposible cumplir.La verdad suele estar en el justo medio: ni gasto a la griega ni rigidez a la alemana.

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