Atrato, 33

Noviembre 24, 2014 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

En una reciente transmisión por radio, el reportero que cubría el secuestro del general Alzate y sus acompañantes se despidió diciendo: “Desde la orilla del río Atrato, 33 grados de temperatura”. Gran lección dada por ese periodista a quienes opinan sobre el problema de la paz desde el fresco otoño neoyorquino, o desde París, 10 grados. Una es la paz vista desde el altiplano cundinamarqués, con su temperatura promedio de 14 grados, y otra desde las orillas del Atrato, con calor y humedad muy superiores. Hablar de paz en el estudio de Fareed Zakaria es bien diferente a adentrarse en los meandros de los ríos del área de Tumaco o en las tórridas serranías del Catatumbo. Pero también está el otro extremo. Conversar de paz con insurgentes que viven en climas muy fríos de las altas cordilleras no es igual que llevarlos a dialogar en las cálidas temperaturas del Caribe. Lo que parece haberse olvidado es que Colombia es un país multinivel, en el cual las fuerzas centralistas se han encargado de elevar constantemente el umbral de la civilidad y en colocarle un techo que no exceda de los famosos 2.600 metros de altura sobre el nivel del mar. El voraz centralismo justifica cualquier exceso de gasto en la capital, pero solo encuentra agujeros fiscales cuando se le plantean al gobierno planes concretos para mejorar la condición de los compatriotas que viven en el atraso.Del reciente episodio del secuestro del general y sus acompañantes quedan varias conclusiones. En primer término, que el presidente Santos debe convencerse de que la paz se construirá aquí en nuestro país, lo que equivale a dejar de desfilar por el mundo llevando en el brazo la paloma de una paz aún no lograda. Debe abandonarse el maniqueísmo fácil de señalar como enemigos de la paz a todos quienes opinan diferente a Santos. Es casi imposible encontrar hoy a un colombiano que de veras se oponga a que las guerrillas se desarmen y retomen el camino de la sociedad civil. Pero la intransigencia del presidente en defender “su paz” no hace más que radicalizar a los divergentes.Como segunda conclusión, la voz de los militares debe ser escuchada y su conciencia de cuerpo tiene que respetarse. A ningún jefe de Estado prudente se le puede ocurrir meterle un vaciadón público a un general de la República, y menos cuando ese militar se encuentra en lo que el propio Santos denominó “zona roja”, a orillas del río Atrato, con 33 grados de temperatura y rodeado de insurgentes. Es absolutamente imprescindible que el ejército de Colombia haga una transición tranquila del estado de guerra en que por tantos años se le ha mantenido, a una etapa en la que su papel de cohesión de la nacionalidad se refuerce y se enfatice. Los colombianos deseamos el desarme de los insurgentes. Entre otras cosas para que el gobierno se dedique a solucionar problemas tan acuciantes como la suerte inhumana de miles de prisioneros en las mazmorras del país; como los atrasos en educación; o como el crimen continuado que se comete todos los días contra ríos y selvas por mineros sin escrúpulos.***La noticia es francamente grave y se encadena con otras similares: el ex primer ministro portugués José Sócrates ha sido encarcelado por actos de corrupción. Conviene citar aquí una reciente frase del escritor mexicano Jorge Volpi: “Nada resulta tan peligroso para un país como el descrédito absoluto de su clase política”.

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