Voto obligatorio

Agosto 02, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

El instrumento fundamental de la democracia es el sufragio universal, ya sea utilizado en regímenes presidencialistas o parlamentarios, pues con el voto los ciudadanos de una nación expresan sus preferencias y escogen a sus gobernantes y a los encargados de dictar las leyes.El voto es considerado como una de las grandes conquistas de la humanidad pues a través de ese medio los pueblos deciden de su suerte en las urnas, así a veces se equivoquen y terminen eligiendo a gobernantes o parlamentarios que no respondan a los anhelos populares, pero son más los beneficios que los perjuicios, y son incontables los conflictos armados que ha habido para implantar el derecho al voto, como los varios que se dieron en Colombia en el Siglo XIX con ese noble propósito.En nuestro país se nota desde hace varios años un desprecio del pueblo por las elecciones, y la gente prefiere quedarse en su casa o irse de paseo con gallina viva al río antes de cumplir con su obligación cívica de votar, y entonces aparecen casos aberrantes como el del señor Ubeimar Delgado que llegó a la Gobernación con menos del 10% del potencial electoral del Valle del Cauca, lo que le resta, si no legitimidad, por lo menos capacidad de hacer un gobierno incluyente con amplio respaldo.Y así sucede en todo el país pues los colombianos, decepcionados de los políticos, han dejado la suerte de la patria en manos de unos pocos que manipulan un rebaño de votos que sacan de su faltriquera en cada comicio. El Concejo de Cali produce ganas de llorar pues es una vergüenza, que cada uno de sus miembros es elegido por menos de seis mil votos en una ciudad que cuenta con más de un millón de personas en capacidad de sufragar.Entonces, la democracia criolla, de seguir como va, está herida de muerte pues si una ciudad como Cali, con varias universidades y una clase media pensante y creativa, solo mueve para una elección de ediles a algo más de cincuenta mil votos, se concluye que ese sistema ha fracasado estruendosamente entre nosotros. Y como Cali no es excepción, el fracaso se da también a escala nacional.Por eso hay que hacer algo, si es que queremos que se acaben estas capillas electorales que solo medran en su propio beneficio y a las que las angustias y esperanzas del pueblo les importa un higo. Y ese algo que ya está inventado y vigente en muchos países civilizados es el voto obligatorio para forzar a la gente a que el día electoral salga de su cama, tome la cédula, se dirija a la concentración y vote. Que vote como le venga en gana, pero que vote.Piense usted, amigo lector, si en esta elección atípica para gobernador que acaba de darse, hubiese existido la obligatoriedad del voto. El resultado habría sido que el voto en blanco coparía los registros, y en la nueva elección tendríamos oportunidad de nuevo escogimiento con distintos candidatos.Porque conozco a la clase política, no veo fácil que el Congreso pase una reforma constitucional –o una ley, si cabe– que obligue el voto, pues en Cámara y Senado, con esa atrocidad del voto preferente, también existen grupúsculos como los de Cali, con borregos que salen a votar al toque de corneta de los gamonales.Pero hay que intentarlo. En el voto obligatorio está la salvación de lo poco que nos queda de democracia. Logrémoslo antes de que el perverso ‘Frente contra el terrorismo’ ideado por Uribe, de la más exquisita estirpe falangista, se haga con el poder.

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