‘Voces de mi ciudad’

‘Voces de mi ciudad’

Marzo 08, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

No he visto nunca amor más grande por una ciudad que el que siente mi generación por Tuluá. En efecto, los tulueños que nacimos entre 1930 y 1940 tenemos por el viejo pueblo un afecto inmenso, como si una especie de cordón umbilical nos atara a ese trozo de patria colombiana, del que puedo asegurar que me dio en mi infancia y primera juventud los años más felices de mi existencia.Desde luego, hay que situarse en el pasado para entender por qué tanto amor por esas callejuelas, muchas de ellas sin pavimentar entonces, sus dos salas de cine en donde nuestra imaginación nos igualaba a los héroes del celuloide, cuando el grito de Tarzán nos hacía saltar de las duras butacas, o una bella chica – Esther Williams – exaltaba nuestras precoces hormonas.Naturalmente era una época en la que las tristezas no habían golpeado el espíritu porque todo el entorno familiar estaba vivo y no recuerdo a nadie enfermo. Mis cuatro abuelos, los maternos y los paternos, siempre atentos a las pequeñas exigencias del nieto.En el Parque Boyacá surgieron los primeros amores pues allí, los domingos a las 7 p.m., como si se tratara de un ritual que había que cumplir, nos dábamos cita los muchachos y las muchachas, girando por el parque hasta que en el reloj de la Iglesia de San Bartolomé sonaban las nueve campanadas que obligaban el fin de la cita vespertina semanal.Yo aprendí a leer con Ester Roldán, que había enseñado a toda la generación anterior de los Restrepo, y de su escuelita pasé a la Anexa del Gimnasio del Pacífico, de donde salí para Bogotá a cursar el bachillerato.Esta personal introducción para expresar que mi paisano, amigo y contemporáneo – un año menor que yo – Carlos Ochoa Martínez ha escrito un hermoso libro de cuyo título me apropié para esta nota. Por mucho tiempo perdí de vista a Carlos, pues ambos nos alejamos del solar nativo y la vida nos llevó por diferentes rumbos.Hace un tiempo publicó una biografía de su pariente el teniente Heriberto Gil Martínez, oficial que perteneció a nuestra Fuerza Aérea, y que combatió cuando la tropa peruana ocupó a Leticia por orden del dictador Sánchez Cerro. El aeropuerto ‘Farfán’ de Tuluá, de donde también era oriundo el famoso aviador, fue rebautizado con su nombre, y Ochoa Martínez trazó una semblanza afortunada del héroe.Pero en donde vierte Carlos Ochoa toda su capacidad literaria es en este libro que me llegó con generosa dedicatoria y que leí de una sentada pues fue, desde la primera a la última página, como si el Tuluá de mis recuerdos estuviera allí presente, como si el tiempo no hubiese pasado, como si la gente amada no hubiese muerto.Con una memoria impresionante Ochoa Martínez escribe de Tuluá en todos sus aspectos y hace una remembranza de los tiempos idos verdaderamente conmovedora. Tocó las fibras más sensibles de mi corazón, pues hace mención cordial de Federico Restrepo White y Berta Lucía Potes, de los que soy hijo único y quienes la muerte los hizo más próximos pues mantengo constante interlocución espiritual con ellos.Ojalá todos los tulueños, los de ahora y los de antes, leyeran ‘Voces de mi ciudad’. Les garantizo que gozarán tanto como yo gocé. Gracias Carlos por este maravilloso obsequio que conservaré en lugar privilegiado de mi biblioteca, que espera nuevas obras de este excelente escritor tulueño que honra su tierra.

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