Valencia

Valencia

Abril 12, 2017 - 11:55 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

No se necesita anteponer nombre pues para los colombianos de mi generación ese apellido corresponde a Guillermo, el poeta nacional por antonomasia, aunque su poesía estuvieses tan distante de lo criollo pues no había en ella nada folclórico, nada de nativo, nada de eso que llamamos el ser colombiano, en la interpretación psicológica.

Para mí, desde chico, Valencia era eso: el poeta, el inmenso, el inmortal, vate que nacido en la ilustre Popayán irradiaba su gloria en todo el territorio patrio, algo así como Lugones lo que fue para Argentina y Rubén Darío no solo para Nicaragua sino para el resto del mundo.

Para el muchacho tulueño que se iniciaba en la poesía, la de Valencia lo hipnotizaba, y con el espíritu liberal que siempre he tenido, Anarkos era el grito de los humillados y ofendidos, como en prosa lo fue Germinal de Emilio Zola.

Naturalmente ya se vendían en las librerías de mi pueblo los versos de Neruda, de García-Lorca, de Barba Jacob, y del coterráneo Ricardo Nieto, cuya Tierra caucana aprendí de memoria para enrostrarles a mis condiscípulos bogotanos del Gimnasio Moderno la belleza de mi departamento, el Valle del Cauca.

Sabía que antes de yo venir al mundo, Valencia había sido candidato presidencial y que gracias a su presencia frente al otro aspirante conservador, el General Alfredo Vásquez Cobo, el Partido Liberal había recuperado el poder, luego de 45 años de ostracismo. Conocía también, porque la abuela lo conservaba como un tesoro, el discurso del bardo caucano en el sepelio del General Rafael Uribe Uribe, con la célebre frase: “Bendita seas democracia, aunque así nos mates”. También sabía que era el íntimo amigo de Baldomero Sanín Caro, ídolo de mi abuelo por sus columnas en El Tiempo, en las que prácticamente aprendí a leer pues yo las leía en voz alta al viejo Benjamín.

A medida que fui creciendo, crecía mi admiración por Valencia, y me propuse memorizar sus sonetos, preciosos, como el que le hizo al morir a su esposa Josefina, que está esculpido en su tumba de la casa solariega de Popayán. A veces recito en solitario la parte del diálogo de San Antonio con el Centauro, que es la exaltación sublime del Hijo de Dios. Cuando el pagano le pregunta a Antonio “Un dios más bello muestra que Apolo y Citerea”, el otro responde: “El triste, el dulce, el pálido Nabí de Galilea”, y sigue argumentando las excelencias del Redentor.

Esa admiración que despertó Valencia en los colombianos. Hizo que sus copartidarios pretendieran llevarlo al Gobierno, donde hubiera sido, seguramente un fracaso pero ese era el lauro que tenía para darle. Años después, su mayorazgo Guillermo León, de figura parecida y voz idéntica, pero no su heredero intelectual, fue elegido presidente, también por una coalición como la que formó en 1930 alrededor de su padre.

Con todo respeto, creo que en mi país no ha habido otro Valencia, pues a pesar de que muchos lo consideran ‘“’extranjerizante‘”’ por su constante mención a la cultura helénica, y a los arenales de Nubia, y a sus traducciones de poetas ingleses y franceses, la elegancia, la rima musical de su poesía lo hacen el gran poeta de Colombia. Solo comparable con José Asunción Silva.

Hoy pocos conocen a esta gloria de nuestras letras, que lástima que la juventud no tenga idea de su existencia, y que ya los colegios no hagan memorizar sus poesías, como lo hacía don José Prat, el profesor español de literatura en mis años de bachillerato.

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