Turismo cafetero

Agosto 27, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Hacía años no iba a eso que en Colombia llamamos el Eje Cafetero, desde un día, 20 años atrás, que mi buen amigo Otto Morales Benítez, recientemente fallecido, me invitó a acompañarle a dictar una conferencia en la Cámara de Comercio de Armenia. Yo estaba en Bogotá pero me pareció interesante la invitación, compré tiquete aéreo, y nos encontramos en la capital quindiana.A eso de las tres de la tarde concluyó la disertación de Otto y hubo reparto de vinos y pasabocas. Yo acababa de tomar la copa cuando sentí que el sótano en donde estaba el auditorio temblaba como un azogue y creí que había llegado el fin del mundo, y eso que fue el temblor anterior al terremoto de 1999 que destruyó casi toda la ciudad. Arrojé al suelo la copa y en dos brincos gané la puerta del edificio. Un policía me detuvo alertándome que era peligroso estar afuera pues los techos caían sobre las calles. Me importó un pito y batí el récord de los 200 metros que me separaban de la Plaza de Bolívar y ahí me situé al pie de la estatua de Arenas Betancur, y cuando el movimiento calmó, regresé en busca de Otto, a quien imaginaba cadáver. Lo hallé feliz, con copa de vino en la mano, y me dijo: ¿Para dónde te fuiste? Pues para la plaza; y le pregunté: ¿Y vos por qué no corriste? Pues porque yo soy exministro y no puedo mostrar susto. Y soltó la carcajada que lo caracterizaba.En la recepción del hotel en que me alojaba se formó tremenda grieta. Esa noche la pasé en un cafetín escuchando música de cuerdas esperando la réplica. Qué miedo.En ‘puente’ reciente me convenció la familia que fuéramos a una finca que había rentado cerca de Salento, y confieso que fui sin mayor entusiasmo pues eso de turismo campesino no me llega al alma. Pero hice maleta y pasé feliz pues es verdaderamente asombroso lo que han hecho estos ‘paisas’ de segunda generación que mejoraron sus ingresos provenientes del grano con la explotación del turismo. La finca está dotada de todas las comodidades posibles, amplias habitaciones con baño privado y agua caliente, y atienden el desayuno.Situada a diez minutos de Salento, fue para mí una sorpresa este pueblo precioso, con una calle principal con diversas tiendas, especialmente de artesanías. Cuenta con excelentes restaurantes y total seguridad pues sus habitantes son los mejores vigilantes para proteger su rentable industria turística, que hace llegar los fines de semana 300 visitantes extranjeros.Hay 87 hostales, de todos los precios, y en las cafeterías del parque, aparte de excelente degustación de café, hay varios tríos de música colombiana que hacen las delicias de los visitantes.También estuvimos en Filandia, otra ciudad preciosa que estaba en carnavales, con músicos en todas las esquinas y mucha cordialidad. Este es otro destino digno de conocerse, más grande que Salento y con alta afluencia de turistas.En próximo viaje visitaré el Parque del Café y Panaca. Ahora estuve en el Valle de Cocora, con su paisaje lleno de palmas de cera, que por ley de la República fue declarada el árbol nacional. En ese sitio se puede comer trucha en todas las variedades posibles, y desde luego la aguapanela con exquisito queso.Lindo, pues, el Eje Cafetero. Todos los colombianos deben conocer ese retazo amable de la patria. Ojalá las autoridades y las personas que se han dedicado a fomentar la industria sin chimeneas que es el turismo, sepan conservarla.

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