Testigo de mi época

Junio 11, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

En días pasados este servidor de ustedes llegó a la cumbre himaláyica de los 80 años y mis tres hijos, con más amor que ponderación, le dieron a ese acontecimiento una significación especial que los llevó a programar reunión familiar en Cartagena, con ellos como anfitriones, nueve nietos, un yerno y una nuera.El párrafo anterior no le interesa a ninguno de mis lectores. De acuerdo. Un onomástico no trasciende los linderos familiares, pero sirve para decir que he vivido intensamente estos 960 meses que han transcurrido desde aquella tarde en ‘La Margarita’, la finca de los Restrepo White en Tuluá, cuando nací con la ayuda de los fórceps del médico Simón Jiménez Bonilla, pues yo, testarudo como buen Tauro, asumí que era mejor quedarme enclaustrado que salir a un mundo desconocido.Desconocido, pero que fui descubriendo poco a poco. Tuluá era un poblado de 30 mil habitantes, que a mí se me antojaba precioso, y Colombia un país con “el verde de todos los colores” y con solo 8 millones de compatriotas, casi todos en el campo, que llevaban 35 años de paz absoluta desde que se silenciaron los fusiles de la Guerra de los Mil Días, a comienzos del Siglo XX.No creía -así lo pensaba en los años de niñez y adolescencia- que en el mundo hubiese una Arcadia tan feliz como este trozo de tierra americana, en la que el café era el motor de la economía, y casi todo venía de los mercados ultramarinos. Ningún juguete mostraba el letrero ‘made in Japan’, ni ‘made in China’; todo era ‘made in USA’, y había una dependencia total del país del Norte, aumentada cuando Estados Unidos entró a la Segunda Guerra Mundial, que sin él, la humanidad entera habría sufrido el látigo del nacionalsocialismo alemán.Aprendí a leer en la escuelita de Ester Roldán, maestra de dos generaciones de tulueños, y enseguida cursé primaria en la escuela anexa al Gimnasio del Pacífico. De allí salté al Gimnasio Moderno de Bogotá y luego ingresé al Externado de Colombia, donde recibí diploma de abogado. Después participé en la política, y allí he permanecido hasta hoy, al pie de la bandera roja, sin claudicaciones.En 1947 Colombia mudó su fisonomía, y esa patria amable se convirtió en territorio al que devastaron los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, como en la novela de Vicente Blasco Ibáñez. Todo cambió. La nación se fracturó en dos bandos irreconciliables que anegaron en sangre toda la geografía, pues no hubo rincón ajeno al conflicto. Y para colmo de mis tristezas, Tuluá, mi amada Tuluá, fue el epicentro de esa violencia desenfrenada, que nunca cesó del todo. Asomos de armisticio, tentativas frustradas de reconciliación, odios represados y tragedias sin cuenta. Es increíble que en ese escenario dantesco no se haya vuelto Colombia país no viable pues se dio todo para recibir esa calificación.Por eso, al llegar a la edad que acabo de confesar, insisto que todos tenemos que hacer el esfuerzo para que los muchachos que ahora aprenden a leer con los modernos métodos docentes, hereden una Colombia mejor que la que se pervirtió hace 68 años.Espero que los que atizan la hoguera de los desencuentros, hagan un alto y todos apoyemos lo que se negocia en Cuba. Si se alcanza un pacto serio y sostenible, Colombia será distinta, quizás no tan bella como la que vi al abrir los ojos hace 80 años, cuando empecé a ser testigo de mi época, pero más solidaria e incluyente.

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