Teatro Calima

Teatro Calima

Noviembre 01, 2017 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Las cosas de la política. Muy joven ingresé a esa actividad bajo la dirección de Carlos Holmes Trujillo Miranda que acababa de fundar el Movimiento de Revitalización Liberal para enfrentar a quienes aparecían como máximos jefes del Partido en el Valle, el representante Marino Renjifo y los senadores Gustavo Balcázar y Francisco Eladio Ramírez, este último en combate recio contra los noveles congresistas, y también contra Trujillo que se había separado de las filas del pachoeladismo.
Como en política uno hereda los afectos y los desafectos de los jefes, yo terminé, sin conocerlo, echándole vainas a Pachoeladio, tildándolo de gamonal -entonces no cursaba la palabra clientelista, inventada luego por Carlos Lleras para joder a Julio César Turbay-. El lugarteniente de Ramírez en Cali era Eduardo –Lalo- Buenaventura quien de verdad ejercía jefatura mayor que la del viejo zorro de Roldanillo.
Jamás aspiró a nada diferente de ser concejal de Cali y desde allí manejaba a su leal saber y entender todos los resortes de la ciudad y era amo absoluto de Emcali, y se decía que era imposible instalar una línea telefónica sin el visto bueno de Lalo. Naturalmente yo, como segundo del movimiento holmista, también la emprendí contra Buenaventura, vociferando que había que sacar la política liberal caleña del patio trasero de su casa. Supongo que le caía como un plomo pues tenía genio fuerte.
Pero la política, como el hombre, es “cosa vana, variable y ondeante”, y con el paso de los años, ya alejados de las broncas partidistas topé en algún sitio con Lalo, quien me preguntó qué estaba haciendo; le dije que ejerciendo la profesión de abogado y de inmediato me nombró asesor jurídico de Almangel, empresa de la que era socio y gerente. De allí surgió una cálida amistad que creció cuando por su influencia llegué a la junta directiva de la Fundación Plaza de Toros de Cali, que él presidía con singular acierto.
Toda esta introducción para llegar al tema del cine, del que ambos éramos aficionados. Lalo y otros socios eran propietarios de un circuito de cines, y construyeron el Calima en 1963, entonces la más moderna y bella sala de cine de la ciudad. Tenía aforo de 1.300 sillas y un pequeño teatrino en donde proyectaban las películas que estrenarían próximamente. Buenaventura y su hijo Alfonso me invitaban a esas funciones privadas, que yo disfrutaba inmensamente.
El Teatro Calima cerró sus puertas cuando la inseguridad alejó al público de los cines para refugiarse en los centros comerciales que erigieron salas de alta tecnología, seguras para los espectadores, con parqueaderos incluidos. Vino un problema para los propietarios del Calima pues por ser joya arquitectónica urbana no se podía demoler para montar –digamos- un parqueadero.
Así pasaron varios años hasta que apareció un visionario, don José Bolaños, que compró el inmueble a quienes eran sus actuales propietarios, distintos a la familia Buenaventura, lo remodeló conservando su preciosa arquitectura y ahí tenemos hoy el cincuentón Teatro Calima, más joven que nunca.
Cuando entro al Calima, siento no solamente admiración por el intrépido empresario que se metió la mano al bolsillo para adquirirlo, sino que recuerdo a Eduardo Buenaventura, ‘Matoño’ Rosales y Francisco Luis Arango, sus fundadores, que le dieron a Cali esa linda sala.
Felicitaciones al señor Bolaños con quien la ciudad ha adquirido inmensa deuda de gratitud.

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