Soffy Arboleda

Diciembre 15, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Hijo único de padres acomodados, al terminar bachillerato en el Gimnasio Moderno me entró la ventolera por volverme tipo culto, y con la anuencia familiar fui a Madrid a estudiar Filosofía y Letras, seguramente por mi inclinación a las humanidades que había surgido en el colegio.Al llegar a la capital española, quedé deslumbrado, y como los estudios iniciaban unos meses después, me dediqué a conocer la ciudad en todos sus recovecos y a viajar por distintos lugares de España.Una tarde, de vuelta a Madrid, me matriculé en la Facultad de Filosofía y Letras, y ocupé una mesa de la Cafetería Puerto Rico, en plena Gran Vía, sitio de reunión de los estudiantes colombianos. Allí, mientras llegaban los contertulios vespertinos, me dio en pensar qué ocurriría si la fortuna de la familia Restrepo se extinguiera -como en efecto sucedió al poco tiempo- y yo quedara con el lustroso título de licenciado en Letras, no propiamente lo que mejor capacita para conseguir una vida sin problemas económicos. Me imaginé de profesor de Literatura en los colegios de Tuluá, y entré en tremenda angustia, esa sí existencial. ¿Qué hacer, entonces? Mi amigo querido Luis Guillermo Mayoral estaba allá cursando primer año de medicina y me instó a que lo imitara; fuimos a conocer su facultad y al entrar al depósito de cadáveres casi desmayo, pues me vi incapaz de meter el escalpelo en los abdómenes hinchados de los muertos.Como no había internet y la larga distancia era difícil, escribí a casa expresando mi deseo de regresar a Colombia, lo que no fue aceptado, y mi padre propuso que marchara a París a estudiar Derecho, que fue siempre una de mis alternativas. En la Ciudad Luz fui alojado por Maruja Uribe White, prima suya, que acompañaba a sus hijos Gustavo y Rita Restrepo quienes, ya doctores, adelantaban especializaciones.El problema del idioma hacía que perdiera otro año de estudio mientras aprendiera francés. Apelé a mi madre, quien me mandó el tiquete aéreo. Llegué a Bogotá e ingresé al Externado, universidad que, gracias a Dios, me hizo competente abogado, lo que me permitió darles a mis hijos una completa formación profesional.Al llegar a París encontré a Soffy Arboleda y su hermana Mireya que cursaban, Arte, la primera, y Música, la segunda. Soffy estaba en amoríos con mi primo Gustavo y por eso nos veíamos con frecuencia. Los domingos todos almorzábamos en la linda campiña francesa, de lo cual conservo fotografías.Soffy y yo mantenemos desde entonces cordial amistad y el transcurso de los años ha aumentado el mutuo afecto, que es compartido por mi mujer y mis hijos, que la adoran, pues ella es parte integral de la familia, que en los duros trances padecidos ha contado con la voz de aliento de Soffy, la primera en aparecer cuando el dolor toca a mi puerta, con una frecuencia que no creo merecer.Hay en el Club Colombia una mesa de amigos liberales que nos reunimos los martes a conversar de asuntos concernientes al Partido y al país. De ella forma parte Soffy, que fue aceptada como única mujer, y brilla allí con su inteligencia y su vasta cultura.El 2 de diciembre Soffy cumplió años. Ese mismo día, 57 años atrás, lo celebramos en la Nouvelle Eve, en donde yo vi por primera vez una mujer desnuda en el escenario, y no puedo menos que recordar ese episodio y darle gracias a Dios por haber dispuesto que Soffy sea mi amiga del alma.

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