¿Sirve la literatura?

¿Sirve la literatura?

Octubre 28, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Sin apelar al sentimiento trágico de la vida de que hablara don Miguel de Unamuno, debo confesar que me preocupa el destino que tomará mi biblioteca el día que el Señor me llame a calificar servicios. Pienso esto porque cuando resolví donar a una biblioteca pública mi excelente colección de obras jurídicas, la directora del ente donatario, al darme las gracias en su nombre y en el del Gobierno del que formaba parte, me dijo, en rapto de sinceridad que me dejó frío: “muy buena su biblioteca jurídica, doctor, pero le cuento que jamás los muchachos, ni siquiera los estudiantes de derecho, vienen a preguntar por uno cualquiera de los autores que en ella aparecen, pues a Carnelutti lo asemejan a un futbolista italiano y a Capitant lo confunden con un oficial del ejército”. Al salir del recinto caí en la cuenta de que lo afirmado por la bonita directora era una verdad de a puño. Si los jóvenes no leen una novela de García Márquez, menos van a enfrentar el ‘Sistema de Derecho Procesal’ del maestro udinense, y si no leen ‘Testigo de cargo’ de Agatha Christie, qué van a posar sus ojos en la ‘Crítica del Testimonio’ de Gorphe.Además, si a uno de ellos se le ocurriese consultar al más desconocido tratadista, nacional o extranjero, pues ahí esta Google que con sólo pulsar una tecla le dispara lo que desee saber de cualquier tema tratado en las obras especializadas. Pero me queda una duda, no sé si metódica o no, que condenso en la pregunta que yo mismo me formulé al pie del globo terráqueo azul cielo que próximamente será expulsado de los predios de la Biblioteca Departamental: ¿para qué sirve la literatura? ¿Será que Homero es indispensable para la humanidad? Y yo mismo me respondí: tal vez la literatura no sirve para nada, pero sin ella no valdría la pena vivir.Este interrogatorio interior me llevó años atrás, y me situé en la infancia, con un libro entre mis manos tratando de grabar en la memoria un cuento rimado de Rafael Pombo, que aún recito de memoria a mis nietas. De allí en adelante siempre tuve un libro cercano en mi peregrinación por el mundo, y le guardo a la literatura una fidelidad que de pronto no he tenido con otras adicciones. Esa fidelidad no ha sido jamás quebrantada, en las horas felices y en las amargas de la derrota y del infortunio, en el amor y en el dolor, siempre he tenido a mi lado a mis ídolos mayores –y también a los menores– de la literatura. Desde luego, debo más a unos que a otros, pero todos me ofrecieron su testimonio del mundo y del hombre.Por eso creo que la grandeza de la literatura está en el hecho de que ella es, igualmente, una dimensión de la vida, y sin ella el universo interior y el mundo exterior carecerían de sentido. El hombre tomó posesión del mundo cuando la palabra escrita fue el común determinador de las cosas pues sin su apoyo no hubiera sido posible el discurso de la razón, porque con el lenguaje impreso sobrevino una segunda génesis.La experiencia de la donación de las obras de derecho me hace pensar en el lío que tendrá la familia cuando yo falte: el destino que le dará a los libros de mi amada biblioteca. No los querrán mis hijos ni, mucho menos, mis nietos, que navegan con la pericia de Ulises en la Internet, en donde hallan hasta los incunables.La lógica indica que yo haga el traspaso en vida. Pero no tengo el valor de salir de mis libros pues eso sería como entregar, en cajas de cartón, lo que queda del alma.

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