Septimazo

Julio 07, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

La Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes es una célula legislativa que no tiene razón de existir por inútil y por complaciente. Además, sus miembros son escogidos con un criterio más político que de técnica jurídica, y se llega al extremo de tener presidentes que no han cogido un Código Penal en sus manos, y no son capaces de dirigir una simple audiencia de pruebas.Con ocasión del proceso que ahora se adelanta allí al ex presidente Álvaro Uribe por su presunta participación en las interceptaciones -chuzadas- ilegales del DAS, que todo apunta a que eran auspiciadas por la Casa de Nariño, se ha dado el más triste de los espectáculos cuando no se pudo llevar a cabo la diligencia para escuchar al acusado Uribe porque se presentaron recusaciones contra dos de los tres ‘investigadores’. Como ninguno sabía qué hacer para tramitar esas recusaciones, se resolvió levantar la sesión mientras la comisión en pleno las resuelva. No está por demás decir que es el colmo que no se haya podido decidir sobre los impedimentos porque los representantes que integran la comisión estaban ausentes de esa importante audiencia. Eso se explica pues todos son uribistas y se prestaron al juego, hasta la próxima convocatoria en la que seguramente habrá otra disculpa para nuevo aplazamiento.No se trata de animadversión por el señor Uribe, pero hay que decir que el ‘show’ que montó ese día culminó en un ‘oso’ espectacular que le queda mal a quien ha tenido sobre sus hombros la majestad de la República y la soberanía patria. Olvidando lo que representó, Uribe hizo su propia comedia, y con libreto previamente pensado, antes de llegar al Capitolio pasó por la Corte Suprema de Justicia para solicitar del alto tribunal que lo tenga como víctima en el proceso contra Piedad Córdoba.Entonces tenemos que este caballero es víctima de todo lo que el país conoce como los peores hechos de corrupción de toda la historia nacional. Y cuando de lo que se trataba era de escuchar su versión sobre las ‘chuzadas’, en tono de discurso veintejuliero gritó que si a él lo señalaban de asesino tenían que darle lugar para defenderse.Nadie lo había señalado con ese epíteto tan duro. Era simplemente que él manifestara si los directores del DAS, Jorge Noguera y María del Pilar Hurtado habían recibido órdenes suyas para interceptar los teléfonos de los magistrados de la Sala Penal de la Corte, de Gustavo Petro, de Piedad Córdoba y de Daniel Coronell. Era una versión libre, que dicen los abogados sobre un hecho delictivo que sucedió en una agencia oficial adscrita a la Presidencia de la República, cuando él la ocupó.Pero el ‘oso’ mayor, de tamaño siberiano, fue la pasarela que organizó en la Carrera Séptima de Bogotá, entre el Capitolio y el Hotel Tequendama, en que parecía más un candidato a la Alcaldía capitalina que un ex presidente. Tal vez se sintió Mussolini en la Marcha sobre Roma en 1922, o Mao en la Gran Marcha sobre la capital china en 1946, o Hitler dirigiéndose triunfal a la Cancillería en 1933.Tiene que existir alguien próximo a este caballero -¿doña Lina?- que le haga ver que ya no es presidente, que esos gestos destemplados sobran, que lo único que queremos los colombianos es que haya luz sobre ese sendero oscuro de su Gobierno en el que se cometieron tantas indelicadezas, varias de ellas erigidas como delitos en el Código Penal.

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