Se acaba el tiempo

Octubre 10, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

He sido heraldo por todos los medios a mi alcance de la política de paz propuesta por el presidente Santos pues estoy hastiado de esta atroz violencia que he visto y padecido a lo largo de mi vida. Sesenta años de ver la muerte apoderada de Colombia ya son suficientes, y deseo una patria amable para disfrutarla en mis últimos años y un país en que mis hijos y nietos puedan trabajar y estudiar sin el temor constante que todos cargamos sobre los hombros.Puedo afirmar que desde Alfonso López Pumarejo, en su primer período presidencial, no ha tenido Colombia un mandatario de mayor talante liberal que Juan Manuel Santos, entendido ese talante no como miembro de un partido político sino como oficiante de una filosofía universal que pone al Estado al servicio de los ciudadanos, y no al contrario.No la ha tenido fácil el Presidente pues nunca se había visto aquí una tan feroz oposición como la que resolvió montarle Álvaro Uribe por haber proclamado Santos su independencia del antecesor inquilino de la Casa de Nariño. Eso para Uribe fue algo así como crimen de lesa patria que despertó su deseo de venganza y no ha habido un día en que no lance sus mandobles contra el actual mandatario, que ha tenido paciencia infinita para no responder a las agresiones de su enconado adversario.Santos se la ha jugado por la paz con los guerrilleros de las Farc, pero lo ha hecho sin ceder un ápice de la soberanía nacional. No ha entregado territorio. Autorizó una agenda precisa de seis puntos. Aceptó dialogar en país extranjero que diera garantías a los interlocutores. Y envió como sus compromisarios a seis personajes de la vida nacional sobre los cuales no se cierne ninguna sombra de sospecha, encabezados por Humberto de la Calle Lombana, Luis Carlos Villegas, presidente de la Andi, los expertos negociadores de paz Frank Pearl y Sergio Jaramillo, y los generales Mora y Naranjo, que no son propiamente unos peleles sino hombres de armas curtidos en el combate contra las mismas Farc.Pero los señores que siguen las órdenes de Timochenko creen que pueden tomarse todo el tiempo para esas conversaciones y resulta que la paciencia de los colombianos está tocando a su fin, y las altisonantes declaraciones en La Habana hacen que nadie vislumbre el éxito de esas reuniones.Tiene razón el Presidente al decir que si al 18 de noviembre no se ha avanzado lo suficiente, no habrá más conversaciones. Juzgo con tristeza que eso será la continuación del conflicto, que es lo que quieren Uribe y sus parciales, y los de las Farc dan la sensación de que desean hacerle el juego al furioso expresidente.Ya el tiempo se le agotó al presidente. Si en la fecha mencionada no hay humo blanco en el Palacio de Convenciones de la bella capital cubana, entonces no queda nada por hacer pues continuar ese diálogo agotador solo favorece electoralmente a Uribe y a sus conmilitones.No hay necesidad de darle patada a la mesa. Simplemente notificar a nombre de la Nación que lo siente mucho pero que el reloj de arena marca el final del proceso.Le quedará a Santos la satisfacción de que intentó hacer de Colombia territorio de paz. No se pudo. Qué lástima. Quiera Dios que los ‘comandantes’ recapaciten y actúen sensatamente antes del pitazo final.

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