Saramago y Jesucristo

Marzo 28, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Soy feliz con un libro de José Saramago pues con su estilo único va escribiendo casi sin signos de puntuación, cosas que a nadie se le ocurrirían, como ese pasaje deslumbrante de ‘El Evangelio según Jesucristo’ en el que el Padre Eterno le manifiesta a su Hijo que a pesar de la fama adquirida por el poder que le dio de resucitar muertos -Lázaro, por ejemplo– que había posicionado al movimiento religioso que con sus apóstoles adelantaba el Trinado, surgía la necesidad de expandir esa popularidad más allá de los límites de Galilea para llegarle al mundo conocido hace dos mil años, y que solamente un hecho sensacional podía traer el desbordamiento de las fronteras judías.Cuando el Hijo preguntó cuál sería ese acto que hoy llamaríamos de impacto publicitario, el Padre le soltó su proyecto: tu muerte en la cruz, con horribles sufrimientos, pero yo te prometo resucitarte al tercer día y eso será noticia espectacular.Así llegó el episodio de Poncio Pilatos, su cruel sentencia con lavado de manos y la muerte en la cruz del Justo. La promesa paterna se cumplió al pie de la letra porque a los tres días se dieron cuenta sus seguidores de que el sepulcro estaba vacío, pues ya el Maestro estaba sentado a la diestra de Dios.Soy adicto a la lectura de José Saramago desde antes de que el escritor lusitano recibiera el Premio Nobel de Literatura en 1998. Para ese entonces ya conocía la magia de este hombre que empezó su carrera en su edad madura pues tenía más de 50 años cuando publicó ‘Memorial del convento’, auténtica joya que atrapa al lector con su historia del rey Juan de Portugal que al ver que le resultaba imposible preñar a su esposa María Ana Josefa de Austria, a pesar de los esfuerzos sexuales para tener un hijo que heredara la Corona, resolvió levantar una basílica en honor de San Francisco para conseguir el milagro de la fecundidad de su cónyuge, lo que se dio cuando la noble austriaca empezó con las molestias del embarazo.La imaginación de Saramago no tiene límites. A qué otro autor se le ocurre idear una nación en la que no muere nadie -‘Las intermitencias de la muerte’-, y que trajo la felicidad de todos hasta que cayeron en la cuenta de que ese era un problema peor que la muerte pues el crecimiento poblacional era enorme, y como nadie moría, pero sí envejecía, se creó un tremendo conflicto social.Y qué tal ‘Ensayo sobre la lucidez’ en el que un pueblo resuelve votar en blanco en todas las elecciones, y llega el momento en que no hay autoridad que imponga el orden pues como a nadie se elige, nadie gobierna. Ahora, en la última elección de gobernador en la que fui promotor del voto en blanco, tuve siempre presente este interesante libro.Algo curioso. Cuando José Saramago tenía unos 20 años, 30 antes de que el mundo lo reconociera como gran escritor, llenó unas cuartillas con un proyecto de novela que fue desechado por el propio autor. Luego de su fallecimiento en Lancerote, la isla hispana en donde vivió feliz sus últimos años, su esposa y traductora a nuestro idioma de sus obras, la española Pilar del Río, la hizo publicar y resultó una obra apasionante -‘Claraboya’-, que es una dicha leerla.Si mis lectores no se han iniciado en Saramago, es hora de hacerlo. Sus libros se pagan solos por la alegría espiritual que produce leerlos. Me duele que yo no pueda hacerlo en portugués, que debe ser una delicia.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad