Rafael Núñez

Rafael Núñez

Junio 14, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Mis abuelos paternos, Benjamín Restrepo González y Alicia White Uribe, ambos de cepa antioqueña y nacidos bajo el imperio de la Constitución de Rionegro, expedida en 1863, eran unos radicales a ultranza, que detestaban al doctor Rafael Núñez a quien consideraban traidor de las ideas liberales, por las que el partido había tenido que ir a la guerra de 1885 y luego a la cruenta de los Mil Días, en la que fue actor principal el general Rafael Uribe Uribe, primo hermano de la abuela.Ese odio atávico por el Regenerador me alcanzó porque de niño escuchaba las conversaciones de los mayores, casi todas de política, y allí surgía con frecuencia la referencia al señor del Cabrero y su felonía con los liberales. Naturalmente, crecí con ese preconcepto y a pesar de haber visto en la biblioteca de mi padre la biografía de Rafael Núñez, escrita en 1944 por Indalecio Liévano Aguirre, jamás osé leerla pues no quería saber nada de ese caballero cartagenero que tanta iracundia despertaba en mi familia.Años después, ya terminando la carrera de abogado empezaron a ser publicados unos libros de precios cómodos, y en una de esas colecciones venía la biografía de Núñez de Liévano Aguirre, que durmió el sueño de los justos en mi biblioteca, y sólo ahora, cuando han transcurrido más de 50 años de su adquisición, lo metí en la maleta para un delicioso viaje que hice a Aruba, y lo aproveché para leer la obra, que tiene excelente prólogo de Eduardo Santos.Confieso que cuando lo terminé, sentí vergüenza de que hubiese pasado tanto tiempo sin leerlo pues Indalecio Liévano volcó toda su capacidad literaria en esas páginas para mostrar en sus mínimos detalles lo que fue la vida de este hombre, que ocupa puesto de preeminencia entre los grandes de Colombia, y a quien se debe que el país se haya salvado luego del desastre que trajo la Constitución del 63, que era para una nación de ángeles, según la calificó Víctor Hugo, el inmenso escritor francés.En efecto, esa Constitución de marcado acento liberal, pretendiendo imitar a Estados Unidos, dividió el país en nueve estados soberanos, autorizó el libre porte de armas, abrió las aduanas, con lo que se quebraron las incipientes empresas criollas, limitó el periodo presidencial a dos años, para oponerse así al caudillismo rampante de Mosquera, en fin, una serie de circunstancias que desarticularon a Colombia, sin tener en cuenta su idiosincrasia tropical y mestiza.Esa Constitución en lugar de traer la paz desencadenó la guerra de 1885, y dio pie para que Núñez convocara una asamblea de delegatarios que bajo la dirección de don Miguel Antonio Caro aprobó la nueva Carta del 86 que, con varias reformas, rigió hasta 1991 cuando unos caballeros de buena voluntad salieron con el esperpento actual, y de la que queda poco por las reformas que se le han introducido. Pero lo malo de ella sigue igual.Recomiendo a los lectores de esta columna que adquieran el libro de Liévano, si se consigue en las librerías, pues en sus páginas está el más vivo retrato de lo que ha sido Colombia en los últimos 150 años, en que no ha habido ni un minuto de sosiego. La política de hoy es idéntica a la que hubo en tiempos de Núñez, y las disensiones son parecidas a las que afloraron en la Regeneración. Quienes atiendan el consejo me lo agradecerán pues el libro se lee como una novela de suspenso, y, además, está bellamente escrito.

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