Quedan dos, querido Álvaro

Enero 23, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Cuando muere un amigo contemporáneo siento lo que debe sentir el futbolista cuando el árbitro le muestra la tarjeta amarilla. Es un preaviso, es un mensaje de que la cosa también es con nosotros.Acaba de morir un tulueño de mi generación que era auténtico personaje del pueblo: Álvaro Henao Escobar, típico exponente del viejo Tuluá, o, mejor, del Tuluá que me ha quedado grabado en el alma pues a pesar del paso del tiempo y de todas las vicisitudes de una larga existencia, la imagen de la pequeña población de mi infancia y juventud sigue viva en la memoria.Álvaro Henao era persona infaltable de toda actividad social. Fue el mejor bailarín, y era increíble entender cómo podía “sacar pareja” durante todo el tiempo de la fiesta, y las chicas eran felices danzando con él pues llevaba el paso como ninguno de sus competidores. Siempre era el encargado de solicitar a las orquestas las ‘piezas’ preferidas, y entonces se escuchaban los merecumbés de Pacho Galán y los porros de Lucho Bermúdez. Yo a veces intervenía en las peticiones y mandaba con él el mensaje a Julio Romero, el baterista del conjunto musical del Club Colonial, para que sonara ‘Río y mar’, y ahí mismo era complacido.Álvaro no tenía capital, pero inventaba varias actividades con las que sobrevivía. Cuando llegaba a Cali un espectáculo de renombre reunía a un grupo de señoras tulueñas – sus íntimas amigas, entre ellas mi madre que lo adoraba – y en una buseta que él mismo conducía las traía a oír a Raphael, a Vicente Fernández, a Julio Iglesias, a Juan Carlos Godoy.Cuando yo vivía en Tuluá, Álvaro fue mi compañero no solo de fiestas sino que lo comprometía, por ejemplo, a ir conmigo a Pereira a un partido de fútbol. Naturalmente, le metíamos trago al programa, y una noche, de regreso de la capital del Risaralda paramos en Andalucía en donde celebraban un Reinado del Fuego. La hoy ex magistrada Socorro Cadavid resultó elegida soberana, muy bella por cierto.Pero no solo la muerte de amigo tan querido y tan próximo como Álvaro me conmueve. Tengo un metro particular para medir el ominoso paso del tiempo que consiste en registrar el fallecimiento de los grandes astros de la pantalla, de cuyos inicios en el cine fui testigo. Vi surgir en las vespertinas de los teatros Sarmiento, Boyacá y Ángel de mi pueblo a los mejores protagonistas de ese arte sublime. A Gregory Peck, muy joven, haciendo de sacerdote en ‘Las llaves del reino’; a James Stewart de vaquero en ‘La flecha rota’; a Burt Lancaster de indio cheroke en ‘Apache’; a Johnny Weissmüller con taparrabo interpretando a ‘Tarzán el hombre mono’. A Cary Grant en ‘Noche y día’; a Spencer Tracy en ‘El hombre y la bestia’; a Paul Newman en ‘Marcado por el odio’.Y vi a Mickey Rooney en ‘Fuego de juventud’ y a Kirk Douglas en ‘El ídolo de barro’. Todos, menos los dos últimos que están próximos a completar cien años de vida, gozan de la Eternidad. Para no hablar de las bellas que desataron la revolución hormonal: Esther Williams, Ava Gardner, Elizabeth Taylor y Marilyn Monroe. Sobreviven a punta de pasta las italianas Sophia Loren, Claudia Cardinale y Gina Lollobrigida. La francesa Brigitte Bardot está más arrugada que un acordeón.Álvaro Henao, que era un gocetas, debe andar allá arriba en las mismas, feliz y contento de alternar con todas estas celebridades que él y yo admirábamos tanto en los cines tulueños. Sus amigos sentimos su ausencia.

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