Qué pena, mi General

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En mis épocas juveniles, Colombia tenía la bien ganada fama de contar...

Qué pena, mi General

Mayo 09, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

En mis épocas juveniles, Colombia tenía la bien ganada fama de contar con los mejores oradores de Latinoamérica. En efecto, era una dicha escuchar a los grandes del discurso, especialmente a los políticos, que entraban en trance ante el micrófono y embelesaban a las muchedumbres. Los colombianos no teníamos mejor distracción que encender la radio y sintonizar la emisora que transmitía las sesiones del Congreso para escuchar deslumbrados el torrente de frases bien construidas, de registros altos y bajos de esas gargantas privilegiadas que llenaban de razón al argentino que llamó a Bogotá ‘Atenas Suramericana’, pues Sócrates y Platón eran mudos al lado de nuestros compatriotas.Había de todo en el escenario de la política, y como en ese entonces existía verdadera pasión por los partidos, godos y cachiporros éramos felices oyendo a nuestros ídolos perorar, ora en el Capitolio, ora en la plaza pública.Entre mis copartidarios destacaban Jorge Eliécer Gaitán - el mejor -, Carlos Lozano y Lozano – elegante, de figura consular -, Darío Echandía – diserto y profundo -, y los vallecaucanos Libardo Lozano e Isaías Hernán Ibarra. Los conservadores no se quedaban atrás. Contaban con tribunos de la talla de Laureano Gómez, Silvio Villegas y Guillermo León Valencia. Era el juego verbal de la inteligencia y todos gozábamos con el espectáculo.Yo creía que esa manía por el discurso, por el éxtasis orgásmico que despierta el micrófono, por el ego exaltado que provoca hablar ante un auditorio, había desaparecido para siempre de la arrugada geografía nacional. ¡Cuán equivocado estaba!Y va de cuento. Mi amigo Mario Fernando Prado ha tenido la brillante idea de convocar con alguna frecuencia a columnistas para almorzar con un personaje de actualidad. No soy asiduo a esos convites pero en el último anunciaron que el invitado central era el Brigadier General, Fabio Castañeda, comandante de la Policía Metropolitana de Cali y pensé que era interesante oír sobre la seguridad en la ciudad, asediada por el crimen, y las medidas que está tomando para combatirlo.La reunión era en el precioso Hotel Spiwak, con la presencia de su propietario y su bella esposa, y allí llegó Castañeda feliz pues acababa de capturar al ‘Negro Orlando’, feroz delincuente que causaba terror en el departamento. Cuando yo esperaba la disertación del oficial, que era el motivo de mi asistencia, salió a flote la verborrea criolla. Y en lugar de escuchar al General, me tocó una sarta de discursos de varios de los columnistas, que coparon todo el tiempo del almuerzo. Todos muy inteligentes, versados en distintos campos del saber, doctos en sus respectivas profesiones, uno a uno fueron soltando lo que no les ha cabido en sus columnas: las causas de la criminalidad juvenil, con una idea que ni a Borges se le había ocurrido y es que la escuela del hombre comienza en el vientre materno. Otro habló de economía política, el de más allá dio lecciones de manejo policivo al oficial que tiene dos soles de general en las hombreras. En fin, más de cinco coparon el tiempo previsto para el almuerzo, con menú exquisito, hay que decirlo.A las dos de la tarde el General tomó un sorbo de agua e inició su intervención pero fue quedando sin audiencia pues muchos, que tenemos la mala costumbre de cumplir citas, tuvimos que retirarnos sin enterarnos de lo que verdaderamente nos importaba, que era oír al oficial. Qué pena, mi General.

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