Picasso y las nietas

Agosto 14, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

No creo que el Siglo XX haya producido otro pintor de la dimensión de Pablo Picasso, español nacido en Málaga pero de origen catalán, cuya extensa vida le fue pródiga pues no padeció las penurias de un Van Gogh o de un Gauguin, que solo conocieron la gloria después de muertos, cuando sus cuadros adquirieron precios hoy solo alcanzables por los jeques árabes. Picasso, cumplidos los 90 años y hasta la víspera de su fallecimiento, seguía haciendo dibujos, grabados, litografías, con ese ojo suyo que todo lo pervertía para encontrarle un sentido distinto.Hombre de izquierda, exiliado por su posición antifranquista, se refugió en Francia, en donde pudo convertirse en el ícono mundial de la pintura, y le llegó la muerte en medio de un esplendor del que no gozaron ninguno de los jerarcas comunistas de la desaparecida Unión Soviética.Todas sus pinceladas se convertían en el dorado metal. Cualquier trazo suyo se subastaba por millones de dólares en las casas especializadas. Una línea suya con su firma en una servilleta lograba precios de fábula.Para el inepto vulgo -como decía Laureano Gómez- no significaba nada, porque un sujeto elemental no podía admirar tan deliberada alteración de la lógica y del buen sentido. Curiosamente los comunistas se lo apropiaron, a sabiendas de que estaban ante un liberal integro, muy lejos de un marxista.Levanto los ojos y veo en una de las paredes de mi oficina una buena reproducción de Guernica, que me obsequió el más godo de mis amigos, y observo que ese cuadro, quizás el más conocido del maestro, no tenía sentido para un camarada, pues para él sería ininteligible, pero para Moscú era un ‘compañero de viaje’, y lo aceptaban con sus extravagancias como todas esas que hay en el cuadro, con esos gestos desgarradores de toro, caballo, y personas víctimas del terrible bombardeo de la aviación nazi sobre Guernica en la guerra civil española, con el apoyo criminal que le dio Adolfo Hitler a su compinche Francisco Franco.No tengo los conocimientos de Arte de Soffy Arboleda, pero me atrevo a decir que hay obras más bellas que las de Picasso, y yo, en mi ignorancia supina, ante el escogimiento imaginario que un magnate me pusiera a hacer para regalarme el Arlequín del español o el Ángelus de Jean-François Millet, del que también tengo copia en mi bufete, me quedaría con este último a pesar de la diferencia en precio, porque los dos campesinos con ese recogimiento que muestran en el crepúsculo en que parece escucharse las campanas de la lejana iglesia, me causan éxtasis mayor que los centauros ansiosos y las mujeres con senos triangulares.Pero lo extraordinario de Picasso está en que los niños, mis nietas María José y María Antonia entre ellos, comienzan a pintar, no como inició Picasso sino como lo hacía antes de morir, con unos lápices de colores y sin esfuerzo. Por eso yo oía de muchacho a los viejos de la familia sentenciar frente a uno de sus cuadros: “Eso lo pinta cualquier niño”.Estaban equivocados. Los párvulos no copiaban sus dibujos sino que el maestro logró que ellos pintaran a su manera, porque veían las cosas como él, con sus tremendas deformaciones.Picasso creó otro mundo que la gente terminó por aceptar, como si se tratara de un planeta adicional, y por eso el magno artista hizo una verdadera revolución en el arte pictórico. Por eso entró a la inmortalidad y por tanto jamás descolgaré el Guernica de mi oficina.

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