Oposición desmadrada

Mayo 23, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

No ha habido en la historia de Colombia oposición tan híspida a un gobierno como la que le ha montando Álvaro Uribe al presidente Santos, que ya trasciende todo lo que éticamente es permitido en esa actividad -la política- que también tiene reglas de comportamiento que hay que acatar para que no se convierta en campo de odios que se sabe cómo empiezan pero no dónde terminan.Yo creía que la más tremenda confrontación a un régimen -como él llamaba a los gobiernos liberales- fue la que lideró Laureano Gómez contra los presidentes de mi partido entre 1930 y 1946, especialmente en las dos administraciones de Alfonso López Pumarejo, cuando el jefe conservador -hombre tempestad, como lo calificaban algunos de sus copartidarios- echó mano de todos los recursos para atacar al presidente López y a su familia. Con la consigna de “hacer invivible la República”, no hubo conseja ni calumnia que no fueran amplificadas por la potente voz del ‘Monstruo’, como también le conocían sus colegas del Congreso, en el que gritaba lo que no alcanzaba a escribir en los editoriales de ‘El Siglo’, su periódico.Fue tan fuerte la artillería que disparaba Gómez, que puso a temblar el segundo mandato de López, hasta que logró su cometido: la renuncia del presidente y el triunfo conservador en las elecciones de 1946, cuando por causa de la estúpida división roja, la derecha alcanzó el poder, y ahí sí que fue cierto aquello de que el poder es para poder.La mejor carta que tenían los presidentes liberales era que en el Capitolio hubo verdaderos titanes que defendían los programas de la República Liberal, como se conoce el período de 16 años en que el partido ejerció el mando. Frente a Gómez en el Senado se erguían varones de la capacidad dialéctica de Darío Echandía, de Carlos Lozano, de Carlos Lleras, y los mandatarios contaban con ministros de la estatura moral de Alberto Lleras que le daban la pelea a Laureano, y columnistas de la categoría de Juan Lozano y Enrique Santos -Calibán-, que le salían al paso a las invectivas del terrible capitán de la derecha criolla, la más hirsuta de Latinoamérica.Juan Manuel Santos no tiene en el histórico recinto que alberga el Congreso un Alberto Lleras que contradiga a Uribe y a sus áulicos, ni cuenta con un ministro que se la juegue por el jefe del Estado. El gabinete es excelente por la calidad intelectual de sus miembros pero no hay allí alguien de dimensión política para bloquear el ‘tsunami’ uribista, que con el mismo estilo de Laureano mezcla mentiras con verdades para desprestigiar al Gobierno.La posición de los uribistas, con el jefe a la cabeza, en el tema de la paz, es increíble. Todos ellos dicen quererla pero despotrican de los diálogos en La Habana, como si hubiese un modo distinto de lograrla, como no sea a punta de bala que es lo que se ha hecho durante 50 años sin resultado alguno pues la guerrilla sigue viva. Lo que el señor Uribe y sus conmilitones deben decir con sinceridad es que la única paz que ellos conciben es la rendición incondicional de las Farc, y como eso no se va a dar, pues que continúe la guerra por los siglos de los siglos.A mí me parece atroz esa perspectiva y por eso creo que hay que esperar lo que resulte en Cuba. Si el diálogo fracasa pues que el próximo presidente sea de la cantera uribista, a ver qué propone, que todos lo sabemos: más polarización, más guerra, más tragedia. Yo no quiero eso para mi patria.

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