Obama y Cuba

Abril 07, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

El 1° de enero de 1959 cuando Fidel Castro entró triunfal a La Habana luego de tres años de combate en la Sierra Maestra contra el ejército del dictador Fulgencio Batista, sentí, como casi todo el mundo, inmensa emoción porque habíamos seguido la lucha de esos intrépidos jóvenes que pusieron en riesgo sus vidas para darle libertad a su patria.A la sazón, yo estaba por iniciar último año de derecho y al comenzar las clases, todo el Externado bullía de entusiasmo por los ‘barbudos’ que se habían hecho con el poder en la isla antillana. Conocía el proceso de la gesta pues mi padre era suscriptor de Bohemia, la revista cubana, y sabía lo que hablaban y hacían los hermanos Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto ‘Che’ Guevara, que era la figura icónica, por encima de la de Fidel.La muchachada de mi generación se volvió ‘castrista’ y los estudiantes de la Universidad Nacional se convirtieron en ‘tirapiedras’, con cualquier pretexto. Los externadistas eran más sosegados y nunca vi a alguno de ellos en manifestaciones izquierdistas porque ya Rojas Pinilla había caído, y Colombia vivía una especie de luna de miel entre liberales y conservadores, luego de diez años de feroz violencia.Confieso que fui admirador de Fidel Castro hasta el día en que resolvió declararse marxista-leninista, y comenzó la disputa a muerte con lo que él denominaba “el imperialismo yankee”, que ni corto ni perezoso obligó al presidente Kennedy a decretar el embargo como complemento de la ruptura de relaciones diplomáticas que había resuelto su antecesor, Eisenhower.Pero continué conservando interés por lo que hacía el gobierno castrista, que luego se tornó en admiración pues en los varios viajes pude ver el esfuerzo supremo que hacían Cuba y su pueblo para soportar al acoso al que los sometía Estados Unidos, causa eficiente para que la isla cayera en brazos de la Unión Soviética, que se convirtió en su protector. Cuentan que Moscú enviaba un millón de dólares diario para suplir todo lo que el país antillano requería.Caído el Muro de Berlín y extinguida la Unión Soviética -ya otra vez Rusia-, Castro se vio a gatas para sortear lo que llamó ‘período especial’, en el que a duras penas sobrevivía la gente. Por eso abrió el turismo y pudo Cuba recibir millones de dólares de visitantes de todo el mundo, menos de EE.UU., que cada vez hacía más extremo el bloqueo.Cierta o no, la anécdota es buena: que un día por allá en 1965, Fidel le preguntó al Che: ¿Cuándo crees que reanudemos relaciones con los gringos? Y el otro respondió: Cuando haya un papa argentino en Roma y un presidente negro en la Casa Blanca. Y así sucedió. Lo que hemos visto con la visita de Obama a Cuba, es increíble, especialmente para quienes somos testigos de lo que ha pasado en los últimos 55 años. Obama -pragmático- entendió que el aislamiento a Cuba no ha servido para nada, ni para su país ni para la isla. Por eso reanudó relaciones diplomáticas y por eso fue a La Habana a reunirse con Raúl Castro, a quien aseguró que el futuro político de ese país compete a su gente y que la potencia mundial no se entremeterá en sus decisiones soberanas.Obama mostró en 48 horas en suelo cubano su altísima calidad de líder, y yo que soy su irreductible admirador, lo vi más grande, más inteligente y más asentado en la realidad. Cuba estará mejor cuando se levante el embargo. Ojalá la derecha norteamericana deje su miopía para bien de ambas naciones.

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