Memoria tulueña

Noviembre 26, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Prólogo al nuevo libro de Carlos Ochoa MartínezEl ser tulueño imprime carácter, algo así como cuando alguien es ordenado sacerdote, porque los que nacimos en las riberas del río tutelar jamás podemos cortar el cordón umbilical que nos une, no a la moderna ciudad que hoy es, sino al amado poblado de nuestros años mozos.Voy con frecuencia a Tuluá y me devuelvo a los tiempos de infancia y juventud, cuando era un remanso de paz antes de que la violencia se apoderara de espíritus malignos que fracturaron la sociedad en bandos irreconciliables, que fue la génesis de la tragedia nacional, de la que ahora se vislumbra su terminación.Carlos Ochoa Martínez es uno de esos tulueños que hunde sus raíces en el terruño, que es el de sus ancestros, toda gente respetable que hizo de sus vidas verdaderos ejemplos de gallardía y amabilidad con todos los que tuvimos la fortuna de conocerla.Familia, además, de eficientes servidores públicos y, algo digno de destacar, de historiadores, que dejaron para la posteridad el recuerdo del proceso vital de la villa en textos que son de obligada consulta para quienes queremos conocer particularidades de Tuluá desde su fundación.Ochoa Martínez, también historiador, publicó no ha mucho, un precioso libro de sus memorias del pueblo. Contemporáneo mío, fuimos amigos próximos en los años juveniles. Lo perdí de vista hasta que me llegó ese libro en el que hizo cordial remembranza de mis padres Federico Restrepo White y Berta Lucía Potes, lo que me acercó de nuevo a este amigo en el que se conjugan todas las virtudes del señorío y de la capacidad literaria, pues escribe con un castellano depurado que da gusto leer.Sale ahora esta nueva obra dedicada a la vida de su tío abuelo Guillermo E. Martínez Núñez, primer historiador tulueño, como que fue autor de la primigenia monografía del entonces Distrito de Tuluá.Hijo de Florentino Martínez y de Zoila Núñez, casó con su prima Esther Roldán Martínez y de esa unión nace Rita Esther, cónyuge del profesor Alfonso Cruz, a quien recuerdo en los corredores del Gimnasio del Pacifico, en el que cursé la primaria.Guillermo E. Martínez Núñez desempeñó varios cargos oficiales con lujo de competencia, especialmente como Inspector de Educación en Palmira y Tuluá, y su fecunda vida terminó tempranamente el 16 de octubre de 1912, con solo 31 años de edad, fallecimiento que causó verdadera conmoción social, como lo muestran los numerosos decretos y manifestaciones de pesar que su sobrino nieto recoge en este libro.Con motivo del Centenario de la Independencia de Colombia en 1910, se creó en Tuluá la Junta Municipal del Centenario, que abrió concurso para premiar la mejor Monografía del Distrito, de donde surgió la espléndida obra de Guillermo E. Martínez que le mereció medalla de honor, que le fue entregada por mi pariente el doctor Tomás Uribe Uribe, esposo de mi tía abuela Luisa Uribe White, y hermano del mártir Rafael Uribe Uribe. Ese texto encierra un emocionante registro de todo lo que conformaba en ese entonces el pequeño mundo tulueño, su historia, sus hombres notables, empezando por el sabio Juan María Céspedes de quien el municipio tomó su apellido como distintivo.Me siento orgulloso de que mi querido amigo Carlos Ochoa me haya encargado de escribir el prólogo de un libro que todos los tulueños deben leer, porque allí está el recuento de lo que fuimos, que es la base de lo que seremos.

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