Mejor cuando era pueblo

Mejor cuando era pueblo

Octubre 04, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

De muchacho, cuando en Cali se presentaban las mejores compañías de teatro y revistas musicales -aún tengo grabada en la memoria a María Antinea cantando ‘La bien pagá’-, la familia viajaba de Tuluá a la capital del Departamento, y yo, feliz, ocupaba butaca en el Teatro Municipal o en el Jorge Isaacs.Aquello para mí era una gloria, no solamente por lo que veía y escuchaba en esos escenarios sino porque Cali, comparada con mi puebluco, era una importante ciudad, que me deslumbraba con sus gigantescos avisos de neón en la Plaza de Caycedo, como ese del tarro de pintura Sherwin Williams derramándose sobre el globo terráqueo. Y había librerías para comprar obras maravillosas, y estaba la Fuente de Soda Garcés, con sus helados y sus waffles bañados con miel. También existían salas de cine preciosas con silletería abullonada. Todo aquello era lo más parecido al cielo para mis 10 años.El público que asistía a las funciones del Municipal y del Isaacs iba impecablemente vestido, los hombres de saco y corbata y las damas con sus mejores galas. Y el respeto era absoluto pues durante la función nadie hablaba ni se movía de su puesto. Cali era mejor cuando era pueblo.Hoy todo cuán distinto, como dijo el poeta Arciniegas. Admiradores de Raphael, fuimos mi mujer y yo a la presentación del 20 de septiembre en el Isaacs, y jamás había visto una irreverencia próxima a la grosería de varias personas que resolvieron ponerse de pie para grabar el espectáculo con sus equipos celulares. Delante de mí hubo una señora que cuando no se paraba movía la testa de un lado al otro buscando el mejor ángulo para captar al artista.Le pedí a uno de los acomodadores que hiciera algo para impedir ese atropello y contestó que no tenía facultad para hacer apagar los celulares. Así que nos tocó ver al ‘monstruo’, que está como en sus buenos tiempos, en una incomodidad espantosa, habiendo pagada boleta cara.Todo aquí se ha convertido en patanería. En un grado de bachilleres al que fui, celebrado en un salón del Hotel Torre de Cali, fue tal la impertinencia de los fotógrafos, que deslucieron el acto al punto de que los directivos del colegio tuvieron que prohibirles la toma de placas hasta que terminara la graduación.Otra cosa que habla muy mal de Cali es la costumbre que han tomado los dueños de perros de sacarlos a las calles y zonas verdes a que cumplan sus necesidades fisiológicas. Un grupo de señoras que tiene la sana disciplina diaria de caminar en la vía que bordea el río Cali y que termina en el Zoológico, me pidió que una mañana las acompañara en el recorrido, y de veras da asco que tanto el andén peatonal como los prados adyacentes son un muladar en el que se observan las heces de los perros, que en esa zona urbana deben de pertenecer a gente con obligación de conocer los derechos propios y los ajenos.Hubo un tiempo en que en el pénsum de la educación primaria se dictaban clases de Cívica y de Urbanidad, y en esta última era célebre el Manual de Carreño, que debe ser leído por todos para vivir en comunidad.Entonces, los amos de los canes de intensa motilidad intestinal, los impacientes fotógrafos en grados y matrimonios, y los grabadores en los teatros deben modificar sus conductas pues es irritante que se agreda con tanta desfachatez a los ciudadanos. Menos mal que existe nuestro lindo Zoológico para felicidad de mis amigas caminantes.

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