Lo que Francisco no dirá

Agosto 29, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

No sé si es por mi desbordado amor por Argentina, en la que después de mi patria es la tierra donde mejor me siento, porque todo en ella me encanta: el tango, el fútbol, la gente, y el recuerdo imborrable de Carlos Gardel y su tumba, siempre con flores, en el bello cementerio de ‘La Chacarita’, al que voy en peregrinación cuando estoy en Buenos Aires.Ignoro si sea por todo lo anterior que me considero compatriota de Jorge Mario Bergoglio, el cardenal argentino ascendido a la máxima posición de la Iglesia Católica. Lo cierto es que este Papa me tiene deslumbrado y me gusta lo que hace, lo que dice y lo que no dice.Tuve oportunidad de verlo hace un par de años en celebración litúrgica en la Catedral de Buenos Aires, en Plaza de Mayo, en la que también están la Casa Rosada y el viejo Cabildo de la ciudad. Allí, en donde reposan las cenizas del general José de San Martín, custodiadas por dos apuestos soldados, ataviados como los antiguos granaderos del otro grande de la Independencia suramericana, par de Bolívar, aunque menos glorioso por las vidas diferentes de ambos héroes, tan dura la del nuestro y tan plácida la del argentino, que pudo morir anciano y en paz en la campiña francesa.En esa catedral vi a monseñor Bergoglio oficiar la Eucaristía, y todo en él nos conmovió a mí y a mi mujer. Era Semana Santa, y ella y yo recorrimos a pie las cuadras que siguió la procesión, y tuvimos la certeza de que ese hombre, como tocado por Dios, terminaría de Papa, pues en el anterior cónclave obtuvo la segunda votación, después de Ratzinger, el cardenal germano.Una de las ventajas de la longevidad es que los agraciados con ese beneficio celestial, tenemos la oportunidad de observar varios cónclaves para la elección de los papas, por lo general para reemplazar al fallecido. De muchacho me tocó el reinado de Pio XII, mayestático y solemne, con figura de estatua, quien permaneció tiempo largo con la tiara papal. Lo sindicaban de haber sido espectador silencioso del holocausto de los judíos cometido por la Alemania nazi, donde Pacelli había sido nuncio apostólico. Pero se le perdonaba porque al fin y al cabo Hitler tramó al mundo con el cuento de que él era el único que podía frenar el comunismo ateo de la Unión Soviética.Después apareció Juan XXIII, verdadero revolucionario de la Iglesia, quien con su ‘aggiornamento’ la puso más a tono con el mundo. Y en la lista siguen Paulo VI, Juan Pablo I -muerto en extrañas circunstancias a los 31 días de elegido-, Juan Pablo II, muy querido por todos, Benedicto XVI, quien pasó sin pena ni gloria, y por último, este varón de atrayente personalidad, que ha puesto al orbe católico a sus pies por su simpatía arrolladora y su carisma sin igual, que nos tiene ‘embobados’ a todos. Yo cargo estampita de su rostro en la cartera, y tengo foto en la biblioteca. Che, Jorge Mario, vos sos Gardel.Hay ilusos que creen que Francisco -nombre que tomó de Francisco de Asís, santo de mi devoción desde que leí de niño ‘Los motivos del lobo’ de Darío- hará radical transformación de la Iglesia. No lo hará. No dirá que hay que practicar el amor libre, ni que las mujeres pueden abortar cuando les provoque, ni que los homosexuales pueden casarse y adoptar niños, ni que se boten a la basura los preservativos.No dirá nada de eso, pero su papado será incluyente, respetando la normatividad de la Iglesia. Y hará recuperar la confianza en el Vaticano.

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