Libardo Lozano Guerrero

Libardo Lozano Guerrero

Marzo 10, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Los dieciocho años que separaban la edad de Libardo Lozano Guerrero de la mía no fueron impedimento para que entre él y yo surgiera una estrecha amistad, incrementada cuando ambos coincidimos como senadores liberales vallecaucanos en el Capitolio Nacional, elegidos por distintos sectores.Ambos tulueños, con un lejano parentesco, Lozano Guerrero se convirtió en uno de mis más queridos amigos, y tanto en Bogotá como en el balcón de su casa en Cali, fueron muchísimas las ocasiones que disfruté de su privilegiada inteligencia y de su amena charla.El 15 de marzo de 1986, al salir del almuerzo en la ‘mesa liberal’ que hace más de 40 años se reúne en uno de los clubes sociales de la ciudad, me contó que al día siguiente viajaría a Medellín porque le habían llamado para un asunto profesional importante. Fue a la capital de Antioquia, y al regresar, la noche del 16 de marzo, la avioneta que lo transportaba se precipitó a tierra, pereciendo todos sus ocupantes. Supe de la infausta noticia al salir de un partido de fútbol, y no había posibilidades de que Libardo estuviese vivo. Imposible creer esa tragedia, que enlutaba a su familia y a sus amigos que tanto le queríamos.Desde entonces, con frecuencia viene a mi mente el recuerdo de este varón consular, en quien se reunían todos los atributos del señorío, del orador facundo, del humor cáustico, de su profundo conocimiento de la realidad política y social colombianas.Registrador de Instrumentos Públicos, rector de la Universidad Santiago de Cali, Alcalde de Cali, Gobernador del Valle del Cauca, Secretario General de la Presidencia de la República y Senador fueron los cargos públicos que ocupó en su trayectoria vital.Brillante abogado, lucía en sus intervenciones en el foro y en el ejercicio profesional. Académico, dejó en sus alumnos la impronta de su vasta versación en la ciencia del Derecho.Su misma gallarda figura contribuía a crearle una atmósfera de solemnidad clásica, cuando en verdad era la más cálida y afectuosa de las personas que yo haya conocido. Fue alguien que ejerció a plenitud la profesión de hombre y como pocos la rara especialidad de amigo.Porque eso fue lo que hallé siempre en Libardo: la mano afectuosamente tendida cuando había penas y el abrazo efusivo cuando había alegrías. El consejo oportuno cuando acudía a él, como los griegos antiguos al Oráculo, para decidir la ruta a seguir ante una encrucijada. Siempre estaba allí con su alma generosa abierta a nuestras inquietudes y siempre fue sabia su orientación.Mi amistad con Libardo Lozano Guerrero fue inalterable aún en los períodos en los que la variable política nos puso en opuestos sectores del liberalismo comarcano, y en los últimos años de su vida, hubo entre ambos la más estrecha camaradería. Muchas noches, al salir del Senado, entrábamos a una cafetería a comentar los hechos nacionales, o las más de las veces, a hablar de nuestras propias vidas surgidas las dos en el mismo solar nativo. Ese diálogo jamás se cortó y continuó en su casa o en la mía, utilizando posesivos absurdos para los respectivos domicilios pues ambos los sentíamos comunes.El 16 de marzo se cumplen 30 años de la muerte de este ilustre colombiano, cuya imagen permanece para siempre en la memoria de quienes lo conocimos, y que nos hace pensar que la política, hoy tan desprestigiada, sería diferente con personajes de la altura intelectual de mi paisano y amigo.

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