La paz que queremos

Julio 07, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

No me es difícil imaginar el rostro descompuesto de la bella señora que ocupaba asiento al lado mío en elegante cena a la que asistí en noche reciente. Mientras con su mano derecha, en cuyo anular fulgía un diamante precioso, esparcía el caviar en la tostada, ante algún comentario sobre el proceso de paz, dijo con voz autoritaria: “si Uribe convoca al pueblo para formar un ejército contrarrevolucionario, seré la primera en enlistarme, así sea para cumplir funciones en las cocinas de la tropa”.Tampoco me es complejo imaginar la cara larga de mi amigo abogado –y hombre culto, además– quien una mañana en que nos encontramos en la Plaza de Caycedo, me aseguró que toda la justicia, desde el último juez municipal hasta el presidente de la Corte Suprema de Justicia, estaba cooptada por Santos para perseguir al uribismo. Al preguntarle si él se sentía perseguido, contestó que sí, cuando yo sé que no lo persiguen ni los acreedores porque paga cumplidamente sus obligaciones.La faz de Álvaro Uribe no tengo que imaginarla, pues desde que se dio el histórico hecho del 23 de junio en La Habana, sale todos los días en la televisión, desencajado y sin el menor rictus de alegría en sus labios. No está bien el expresidente. Nadie puede estar bien cargando el peso descomunal de la ira contra el presidente Santos y contra lo acordado por el Gobierno y las Farc.El senador Uribe anda en la empresa de lograr varios millones de firmas que respalden su proclama de ‘La paz que queremos’, y está en todo su derecho pues este es un país democrático en que todas las opiniones son respetables. Lo que sucede es que a mí no me cabe en la cabeza cuál paz busca Uribe luego de que los colombianos ratifiquemos en el plebiscito el convenio obtenido en Cuba.Montemos esta jocosa comedia: José Obdulio Gaviria resuelve aceptar la encomienda de su jefe y consigue entrevista, aquí o en el exterior, con Rodrigo Londoño, alias Timoleón Jiménez o Timochenko, como se prefiera. Frente a sendas tazas de café, cubano o colombiano, el senador suelta la siguiente propuesta: aquí le traigo la proclama uribista, respaldada por tres millones de firmas, avaladas por la Registraduría, que revoca lo acordado por usted y el presidente Santos. Le pregunta el doctor Uribe dónde quiere que se reúna con usted para suscribir ‘La paz que queremos’, en la que las Farc aceptarán la rendición incondicional y el Fiscal dispondrá que todos sus miembros vayan 40 años a la cárcel. ¿Qué le digo?Timochenko, atónito y perplejo, se limita a expresar que ese tema ya es cosa juzgada, y que las Farc, a las que no pudo el Estado vencer militarmente, resolvió acogerse a un proceso de paz que ya culminó, e invita al expresidente a entrar en esa onda de la concordia para bien de todos los colombianos a los que él dice amar.José Obdulio se despide, y Londoño le ruega aconsejarle a Uribe que lea la entrevista que el expresidente César Gaviria concedió a El Tiempo, en la que sentencia: “una paz imperfecta es mejor que una guerra perfecta”. Que por eso su gente desmovilizada respetará las leyes y la Constitución. Y que en vez de bala, echará paja en el Congreso.Quisiera ver – digo yo- a un líder de la importancia de Uribe en la senda de la reconciliación. La patria se lo agradecerá, y en el Capitolio tendrá oportunidad de debatir ideas políticas con quienes fueron sus más tenaces adversarios. Esa sí es la paz que queremos.

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