‘La ciudad cantada’

Abril 28, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Óscar Londoño Pineda ama tanto a Tuluá como la amo yo, y hemos empleado buena parte de la vida en ese empeño afectivo. Nacidos ambos en el puebluco, casi contemporáneos, los dos abogados, y tanto él como yo ex alcaldes, hemos competido en eso de expresar el común cariño por el solar nativo.Pero Óscar me lleva un ventaja, y es que es poeta, y de alto coturno, y puede decirle a Tuluá, en verso, cosas del corazón que mi pobre prosa no logra alcanzar.Londoño Pineda lleva escritos y publicados siete volúmenes de ‘Tuluá, visión personal’. Son unos libros preciosos en los que el autor vierte sus vivencias y crea imágenes de sitios, personajes y situaciones que los tulueños hemos vivido. Vuelvo de cuando en cuando a esos textos y me veo recorriendo los mismos lugares y conversando con las mismas personas que Londoño expone con memoria feliz.Naturalmente, cuando leo lo que tan bellamente ha escrito mi paisano, una cierta sensación de nostalgia me invade el alma pues nada de lo que Londoño y yo conocimos existe.La vieja iglesia de San Bartolomé, con su torre blanca que a algún bárbaro de sotana se le ocurrió conservar al lado de una nueva construcción horrenda, no es la misma cuyas campanas tañían alegres en las navidades, o doblaban cuando había sepelio. Su viejo reloj que indicaba la hora en la que –en punto– comenzaban las funciones de cine en el Teatro Boyacá.Frente a la iglesia, el Parque Boyacá –se nota que la célebre batalla había logrado calar en la memoria del pueblo– hoy remodelado, y que trae la remembranza de los primeros amores, cuando en los anocheceres dominicales abordábamos a las chicas que salían a dar “vueltas” a la plaza.El Colegio de las Madres Franciscanas, que albergaba a las lindas de la ciudad, con sus faldas azules plisadas y sus blusas blancas que apenas insinuaban las turgencias en flor, y las medias de un café desleído que guardaban piernas que ellas movían con gracia, a sabiendas de que ojos inquietos las seguían.El Gimnasio del Pacífico en donde cursé la primaria porque después me enviaron a Bogotá a continuar el bachillerato. En ese establecimiento docente hubo rectores de la alcurnia intelectual de Rafael Serrano Camargo y José Joaquín Jaramillo.La Calle Sarmiento, con sus almacenes en donde mi madre compraba la ropa en las tiendas de los que llamábamos “turcos”, y las farmacias de Julio Caycedo y Nelson Marmolejo. Lo triste es que casi toda la gente de nuestro entorno de juventud no existe, y nosotros estamos en el tramo final de la vida, cuando ya hasta los nietos están ‘grandes’. Pero ahí están todos los recuerdos que nos hacen sonreír –o llorar– y por eso las imágenes que ahora nos llegan en el bello libro de poesías ‘La ciudad cantada’ de Óscar Londoño me causan tanta emoción.Gracias Óscar por ser mi amigo, gracias por tu amor a Tuluá, gracias por tus versos. Pienso que sin la poesía la vida sería atroz, porque siempre es bueno que haya alguien que diga sandalia y no botín, clámide y no bataloca.

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